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lunes, 5 de diciembre de 2016

LA BRUJA BABA YAGA




Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.

Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra le dijo a la muchacha:

-Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha era lista, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
-Buenos días, tita.
-Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
-Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo, para que me cosa una camisa.
-Acuérdate bien -le dijo entonces la tía- de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una cancela rechinarán y se cerrarán con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.
La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite y jamón y una cinta, se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó.
Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba-Yaga sobre sus piernas huesosas, ocupada en tejer.
-Buenos días, tía.
-¿A qué vienes, sobrina?
-Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.
-Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.



Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:

-Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.
La pobre muchacha se quedó medio muerta de miedo, y cuando la bruja se marchó, dijo a la criada:
-No quemes mucha leña, querida; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo.
Baba Yaga, impaciente, se acercó a la ventana donde trabajaba la chica y le preguntó a ésta:
-¿Estás tejiendo, sobrinita?
-Sí, tita, estoy trabajando.
La bruja se alejó de la cabaña, y la muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al gato un pedazo de jamón y le preguntó cómo podría escaparse de allí. El gato le dijo:
-Sobre la mesa hay una toalla y un peine: cógelos y echa a correr lo más de prisa que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la bruja se tira al agua y lo pasa a nado, tú habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo que no está lejos de ti, tira el peine, que se transformará en un espeso bosque, a través del cual la bruja no podrá pasar.
La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas de una cancela rechinaron y se cerraron de golpe, pero la muchacha untó los goznes con aceite, y las puertas se abrieron de par en par. Más allá, un álamo blanco quiso arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.

El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:
-¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
-Sí, tía, estoy tejiendo -respondió con voz ronca el gato.
Baba-Yaga entró en la cabaña, y viendo que la chica no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
-¡Ah viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
-Llevo mucho tiempo a tu servicio -dijo el gato- y todavía no me has dado ni siquiera un huesecito, y ella me ha dado un pedazo de jamón.
Baba Yaga se enfadó con los perros, con la cancela, con el álamo y con la criada y se puso a pegar a todos.


Los perros le dijeron:
-Te hemos servido muchos años sin que tú nos hayas dado ni siquiera una corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado con pan fresco.
La cancela dijo:
-Te he servido mucho tiempo sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo, y ella me ha untado los goznes con aceite.
El álamo dijo:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas regalado ni siquiera un hilo, y ella me ha engalanado con una cinta.
La criada exclamó:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.



Baba Yaga se apresuró a sentarse en el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la muchacha. Ésta arrimó su oído al suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla, y al instante se formó un río muy ancho.
Baba-Yaga llegó a la orilla, y viendo el obstáculo que se le interponía en su camino, rechinó los dientes de rabia, volvió a su cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río: los animales bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.
Ésta arrimó otra vez su oído al suelo y oyó que Baba Yaga estaba ya muy cerca: tiró al suelo el peine y se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles para abrirse paso; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Entretanto, el comerciante volvió a casa y preguntó a su mujer.
-¿Dónde está mi hijita querida?
-Ha ido a ver a su tía -contestó la madrastra.

Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
-¿Dónde has estado? -le preguntó el padre.
-¡Oh padre mío! Mi madre me ha mandado a casa de su hermana a pedirle una aguja con hilo para coserme una camisa, y resulta que la tía es la mismísima bruja Baba Yaga, que quiso comerme.
-¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido.
Cuando el comerciante se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija.
Los dos vivieron en paz muchos años felices.



La bruja Baba Yaga es vieja, huesuda y arrugada, es un ser perverso y cruel que come personas, generalmente niños. Sus dientes le permiten romper huesos y desgarrar la carne con facilidad.
A pesar de que Baba Yaga consume diariamente grandes cantidades de carne, siempre tiene un aspecto delgado y huesudo.
Baba Yaga vuela montada en un almirez o mortero, a veces una olla, y rema el aire con una escoba plateada.
Vive en una choza que se levanta sobre dos enormes patas de pollo que le sirven para desplazarse por toda Rusia.
La valla de su choza está adornada con cráneos, en cuyo interior coloca velas.
Para entrar en la casa, Baba Yaga dice el conjuro “Casita, casita, da la espalda al bosque y voltea hacia mí”.
El interior de la choza siempre está lleno de carne y de vino. La choza es guardada por los sirvientes invisibles de Baba Yaga, los cuales aparecen como manos espectrales.
Baba Yaga también tiene a su servicio a tres caballeros uno blanco, otro rojo y un tercero negro, que controlan el día, el atardecer y la noche.



FIN


martes, 16 de abril de 2013

La alforja encantada


Había una vez un hombre casado con una mujer extraordinariamente pendenciera. El pobre hombre no tenía un momento de tranquilidad, pues por cualquier nadería lo abrumaba a denuestos su mujer, y si él se atrevía alguna vez a replicar, lo echaba a escobazos de la cocina. Al desgraciado no le quedaba otro consuelo que ir al campo a cazar conejos con lazo y pájaros con trampas que colgaba de los árboles, porque cuando llevaba buena caza, su mujer se calmaba y dejaba de atormentarlo durante uno o dos días y él gustaba unas horas de paz.
Un día salió al campo, preparó sus armadijos cogió una grulla.
- ¡Qué suerte la mía! -pensó el buen hombre.­ Cuando vuelva a casa con esta grulla y mi mujer la mate y la ase, dejará de molestarme por algún tiempo.
Pero la grulla adivinó su pensamiento y le dijo con voz humana:
- No me lleves a tu casa ni me mates; déjame vivir en libertad, y serás para mí como un padre querido y yo seré tan buena para ti como una hija.
El hombre se quedó atónito y soltó a la grulla, pero al volver a casa con las manos vacías, lo abroncó su mujer de tal manera, que el infeliz hubo de pasar la noche en el patio, bajo la escalera. Al día siguiente, muy temprano, se marchó al campo y estaba preparando sus armadijos, cuando vio a la grulla del día antes que se le acercaba con una alforja en el pico.
- Ayer -dijo la grulla- me diste la libertad y hoy te traigo un regalito. Ya me lo puedes agradecer. ¡Mira!.
Dejó la alforja en el suelo y gritó:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Y he aquí que, sin saber cómo, saltaron de la alforja dos jóvenes, que en un momento prepararon una mesa llena de los manjares más exquisitos que puedan imaginarse. El hombre se hartó de comer las cosas más sabrosas que en su vida había probado, y sólo se levantó de la mesa cuando la grulla gritó:
- ¡Los dos a la alforja!
Y jóvenes, mesa y manjares desaparecieron como por encanto.
- Toma esta alforja -dijo la grulla,- y llévasela a tu mujer.
El hombre dio las gracias y se encaminó a su casa, pero de pronto le entró el deseo de lucir su adquisición ante su madrina y fue a verla. Preguntó por su salud y la de sus tres hijos y dijo:
- Dame algo de comer y Dios te lo pagará.
La madrina le dio lo que tenía en la despensa, pero el ahijado hizo una mueca de disgusto y dijo a su madrina:
- ¡Vaya una triste comida! Es mejor lo que yo traigo en la alforja. Voy a obsequiarte.
- Bueno, venga.
El hombre cogió la alforja, la puso en el suelo y gritó:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Y al momento saltaron de la alforja dos jóvenes que prepararon una mesa y la llenaron de platos exquisitos como la madrina no había visto en su vida.
La madrina y las tres hijas comieron hasta que se hartaron; pero la madrina tenía malas ideas y pensaba quedarse con la alforja del ahijado. Lo halagó con palabras lisonjeras y le dijo:
- Mi querido hijo de pila, veo que estás hoy muy cansado y te sentaría muy bien un baño. Todo lo tenemos preparado para calentarlo.
Al ahijado no le desagradaba un baño y aceptó de mil amores. Colgó la alforja de un clavo y se fue a bañar. Pero la madrina dio prisa a sus hijas para que cosieran una alforja idéntica a la de su ahijado y cuando la tuvieron lista la cambió por la que estaba colgada. El buen hombre nada notó de aquel cambio y con la alforja recién cosida se dirigió a su casa, contento como unas pascuas. Cantaba y silbaba y antes de llegar a la puerta llamó a gritos a su mujer, diciendo:
- ¡Mujer, mujer, felicítame por el regalo que me ha hecho la grulla!
La mujer lo miró, pensando: "Tú has estado bebiendo en alguna parte y buena la has pillado. ¡Yo te enseñaré a no emborracharte!"
El hombre entró y sin perder tiempo, dejó la alforja en el suelo y gritó:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Pero de la alforja no salió nada, y volvió a gritar:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Y... ¡nada!. La mujer, al ver aquello, se puso como una fiera y se arrojó sobre su marido, cogiendo de paso un estropajo, y mal lo hubiera pasado el hombre sin la precaución de escaparse de casa.
El desgraciado se encaminó al mismo lugar del campo, porque pensaba: "Tal vez encuentre a la grulla y me dé otra alforja". Y en efecto, la grulla ya lo esperaba en el mismo lugar del campo con otra alforja.
- Aquí tienes otra alforja que te hará tan buen servicio como la primera.
El hombre se inclinó hasta la cintura y se volvió a casa corriendo. Pero, mientras corría, le asaltó esta duda: "Si esta alforja no fuese lo mismo que la primera se armaría la gorda con mi mujer y no me libraría de ella ni ocultándome bajo tierra". Vamos a probar:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Inmediatamente salieron de la alforja dos jóvenes que empuñaban sendos garrotes y se pusieron a apalearlo gritando: "¡No vayas a casa de tu madrina ni te dejes engatusar con palabras melosas!" Y siguieron descargando garrotazos sobre el hombre, hasta que éste gritó:
- ¡Los dos a la alforja!
Los jóvenes desaparecieron en la alforja.
- Bueno -pensó el buen hombre,- llevé la primera alforja a casa de la madrina como un imbécil; pero no seré tan tonto de no llevar ésta también. ¡A ver si me la cambiará! ¡Entonces sí que quedaría bien lucida!
Se dirigió bien contento a casa de su madrina, colgó la alforja en el clavo de la pared y dijo:
- Te agradeceré que me calientes el baño, madrina.
- Con mucho gusto, ahijado.
El hombre se cerró en el cuarto de baño, dispuesto a permanecer mucho rato. La mujer llamó a sus hijas, las hizo sentar a la mesa y dijo:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Y de la alforja salieron de un salto los dos jóvenes con los garrotes que empezaron a descargar golpes a diestro y siniestro, gritando:
- ¡Devolved al hombre su alforja!
La mujer ordenó a su hija mayor:
- Llama a mi ahijado que está en el baño, y dile que estos dos me están moliendo a palos.
Pero el ahijado contestó desde el baño:
- Aun no he acabado de bañarme.
La mujer mandó a su hija menor, pero el ahijado contestó desde el baño:
- Aun no he acabado de secarme.
Y los dos jóvenes no cesaban de descargar garrotazos diciendo:
- ¡Devuelve al hombre su alforja!
La madrina no pudo soportar más golpes y mandó a sus hijas que cogiesen la alforja y se la llevasen a su ahijado al cuarto de baño. Éste entonces salió del baño y gritó:
- ¡Los dos a la alforja!
Los dos jóvenes de los garrotes desaparecieron para siempre. Entonces el hombre cogió las dos alforjas y se fue a casa. Y de nuevo gritó antes de llegar:
- ¡Felicítame, mujer, por el regalo que me a hecho el hijo de la grulla!
La mujer se enfureció al oír aquello y se asomó con la escoba. Pero el hombre, apenas entró en casa gritó:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Inmediatamente apareció la mesa ante la mujer, y los dos jóvenes la llenaron de platos de los más exquisitos manjares. La mujer comió, bebió y se mostró tierna y sumisa.
- ¡Bueno, vida mía, ya no te molestaré más!
Pero el hombre, después de comer, cogió la alforja sin que su mujer la viera, y la escondió, dejando en su lugar la otra. La mujer, llena de curiosidad, quiso probar por sí misma cómo funcionaba la alforja, y gritó:
- ¡Los dos fuera de la alforja!
Inmediatamente aparecieron los dos jóvenes empuñando sendos garrotes y empezaron a descargar garrotazos sobre la mujer, mientras gritaban:
- ¡No maltrates a tu marido! ¡No maldigas a tu marido!
La mujer chillaba como una condenada, gritando a su marido que acudiese en su auxilio. El buen hombre se compadeció de ella, entró y dijo:
- ¡Los dos a la alforja!
Y los dos desaparecieron en la alforja.
Desde entonces el matrimonio vivió en tan dulce paz, que el hombre no se cansa de poner a su mujer por las nubes, y el cuento se acabó.



FIN

El campesino Demyan



En cierta aldea, ignoro si hace poco o mucho tiempo, vivía un campesino testarudo y violento, llamado Demyan. Era duro, bronco y colérico y siempre buscaba la ocasión de disgustarse con cualquiera. Imponía su voluntad a puñetazos cuando no bastaban las palabras. Invitaba a un vecino a su casa, y le obligaba a comer, y si el vecino rehusaba un bocado por vergüenza o cortesía, el campesino se disgustaba y le gritaba: "¡En casa ajena obedece al dueño!"
Y un día sucedió que un mocetón entró como convidado a casa de Demyan, y el campesino le puso una mesa llena de exquisitos manjares y de los mejores vinos. El joven comía a dos carrillos y despachaba plato tras plato. El campesino estaba admirado y cuando vio la mesa limpia y las botellas vacías, se quitó la levita y le dijo:
- ¡Quítate la blusa y ponte mi levita! -porque pensaba: "Rehusará y entonces sabrá para qué tengo los puños".
Pero el joven se puso la levita, se la ciñó bien y haciendo una reverencia, dijo:
- ¡Y bien, padrecito! Gracias por el regalo. No me niego a aceptarlo, porque en casa ajena hay que obedecer al dueño.
El campesino estaba furioso. Deseaba provocar una pendencia a toda costa y con tal objeto condujo al mozo al establo y le dijo:
- Nada es poco para ti. ¡Ea, monta en mi caballo y llévaselo como si fuera tuyo! -porque pensaba: "Rehusará y habrá llegado el momento de darle una lección".
Pero el joven volvió a decir:
- ¡En casa ajena hay que obedecer siempre al dueño!
Y cuando estuvo bien montado, se volvió al campesino Demyan y gritó:
- ¡Hasta la vista, amigo! ¡Nadie te ha obligado, pero has caído en tu misma trampa! -Y dicho esto, salió galopando.
El campesino se quedó moviendo la cabeza y dijo: "La guadaña ha dado contra una piedra", con lo que quería decir que había hallado por fin la horma de su zapato.



FIN

La rana zarevna

En cierto reino de cierto Imperio vivían un Zar y una Zarina que tenían tres hijos, los tres jóvenes, valerosos y solteros, el menor de los cuales se llamaba Iván. Un día el Zar les habló y les dijo:
- Queridos hijos, coged cada uno una flecha y un arco, salid en diferentes direcciones y disparadla con toda vuestra fuerza y dondequiera que caiga la flecha, elegid allí vuestra esposa.
El mayor disparó y la flecha fue a parar precisamente al aposento de la hija de un boyardo. La flecha del segundo hermano fue a parar a la casa de un rico comerciante y se quedó clavado en una galería donde se paseaba en aquel momento una hermosa doncella, que era la hija de¡ comerciante. El hermano menor disparó su flecha, que fue a caer a una charca y la cogió una rana que todo el día estaba croando.
El Zarevitz Iván dijo a su padre:
- ¿Cómo quieres qué acepte por esposa a semejante charlatana? ¿Yo casarme con una rana?
- ¡Cásate con ella - replicó su padre,- ese es tu destino!
Los tres hermanos se casaron. El mayor, con la hija del noble, el segundo, con la hija del comerciante y el menor con la rana charlatana. Y el Zar los llamó y les dijo:
- Mañana han de cocerme vuestras esposas pan blanco,
El Zarevitz Iván se retiró de la presencia de su padre tan afligido, que la cabeza, siempre erguida, te caía por debajo de los hombros.



- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? -preguntó la rana.
- ¡Bien se ve que no has oído las palabras de mi padre el Zar. ¿Cómo no he de estar triste si mi padre y soberano señor quiere que mañana le cuezas pan blanco?
- ¡No te aflijas por tan poca cosa, Zarevitz; acuéstate y duerme, que la almohada es buena consejera!
Hizo que el Zarevitz se acostase y cuando estuvo dormido, se arrancó la piel de rana y se transformó en una doncella de sin igual hermosura. Basilisa Premudraya salió a la galería y gritó con voz penetrante:
- ¡Nodrizas, nodrizas! ¡Venid! ¡Poneos a trabajar y hacedme pan blando y blanco como el que solía comer en casa de mi querido padre!
Cuando se levantó el Zarevitz Iván, al día siguiente, ya estaba el pan hecho y era un pan tan magnífico que ni la lengua puede expresarle ni la fantasía imaginarlo; sólo se puede hablar en un cuento de cómo era. Los repulgos hacían unos dibujos fantásticos y los cuernos de que estaba rodeado representaban castillos con fosos y todo. El Zar se deshizo en elogios del Zarevitz Iván a causa del pan que le presentó y ordenó a sus tres hijos:
- Vuestras esposas han de fabricarme una alfombra en una noche.
El Zarevitz Iván salió de la presencia de su padre tan afligido que la cabeza, siempre erguida, le caía por debajo de los hombros.
- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? ¿Te ha dirigido tu padre el Zar palabras de censura?
- ¿Cómo no he de estar triste si mi padre y soberano señor te ordena que le fabriques un tapiz de seda en una noche?
- No te apures por eso, Zarevitz; acuéstate y duerme, que la almohada es una buena consejera.
Hizo que el Zarevitz se acostase y cuando vio que dormía se desprendió de la piel de rana y quedó transformada en una hermosa doncella. Basilisa Premudraya salió a la galería y gritó con voz penetrante:
- ¡Nodrizas, nodrizas! ¡Venid! ¡Poneos a trabajar y tejedme una alfombra de seda como aquellas en que me solía sentar en casa de mi querido padre!
Dicho y hecho. Cuando se levantó el Zarevitz al día siguiente, ya estaba la alfombra lista, y era tan magnífica, que sólo es para decir en cuentos cómo era, mas no para imaginarlo ni soñarlo. La alfombra estaba bordada en oro y plata y en los más vivos colores. El Zar llenó de elogios al Zarevitz Iván a causa de la alfombra, y enseguida ordenó a los tres hijos que al día siguiente compareciesen ante él con sus respectivas esposas.
De nuevo se retiró el Zarevitz Iván de la presencia de su padre tan afligido, que la cabeza, siempre erguida, le caía por debajo de los hombros.
- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? ¿Te ha dirigido tu padre el Zar palabras de censura?
- ¿Cómo no he de estar triste, si mi padre soberano y señor me ha ordenado que me presente mañana contigo? ¿Qué dirá la gente si te ve?
- No te apures, Zarevitz. Preséntate solo ante tu padre y yo llegaré detrás de ti. Cuando oigas ruido y llamen a la puerta, sólo has de decir: "¡Aquí viene mi querida Ranita, metida en su cestita!"
Y he aquí que los hermanos mayores se presentaron con sus esposas magníficamente ataviadas y se reían del Zarevitz Iván, diciendo:
- Hermano, ¿por qué has venido sin tu mujer? Podías haberla traído en paño de cocina. ¿De dónde sacaste semejante belleza? ¡Sin duda la buscaste por todos los pantanos del país de las hadas!
Y he aquí que se oyó un gran ruido y que llamaban a la puerta con tan recios golpes, que temblaba todo el palacio. Los invitados se asustaron tanto, que dejaron su puesto y no sabían donde meterse; pero el Zarevitz Iván los tranquilizó diciendo:
- ¡No temáis, señores! ¡Eso no es más que mi Ranita que vienen en su cestita!
Y una carroza de oro tirada por seis caballos se detuvo a la entrada del palacio, y de ella bajó Basilisa Premudraya de tan singular belleza, que sólo es para decir en cuentos, pero no para imaginarla ni soñarla. El Zarevitz Iván la cogió de la mano y la condujo a la mesa de bordado mantel. Los convidados empezaron a comer y a divertirse. Basilisa Premudraya bebía vino pero arrojaba las heces de la copa en el interior de su manga izquierda. También comió cisne asado, pero arrojaba los huesos en el interior de su manga derecha. Las mujeres de los hermanos mayores, que se fijaron en aquellos que creían estratagemas, hicieron lo mismo. Luego cuando Basilisa Premudraya bailó con el Zarevitz Iván, agitó su mano izquierda y apareció un lago; agitó su mano derecha y aparecieron cisnes blancos deslizándose por la superficie del agua. El Zar y sus huéspedes se quedaron atónitos ante tales maravillas. Después bailaron las mujeres de los hermanos mayores. Agitaron la mano izquierda y todos los invitados quedaron rociados de agua; agitaron la mano derecha y los huesos fueron a dar en los mismos ojos del Zar. Éste se indignó y las arrojó de la corte a cajas destempladas.
Y sucedió que un día el Zarevitz Iván aprovechando una ocasión, salió de casa, encontró la piel de rana y la echó al fuego. Basilisa Premudraya fue a buscar la piel y al no hallarla se apenó en gran manera y, hecha un mar de llanto, fue a ver al Zarevitz y le dijo:
- ¿Qué has hecho, desgraciado Zarevitz Iván? Si hubieras esperado un poco más, hubiese sido tuya para siempre. Pero ahora, ¡adiós! Búscame más allá del país Tres Veces Nueve, en el imperio de Tres Veces Diez, en casa de Koshchei Bezsmertny (el esqueleto inmortal).
Dicho esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana.
El Zarevitz Iván lloró amargamente, se volvió a los cuatro puntos cardinales rogando a Dios que dirigiera sus pasos y por fin emprendió la marcha en una dirección.


Anda que andarás, ando que andarás, sin que importe los días que estuvo andando, encontró por fin un viejo, muy viejo, que le dijo:
- ¡Hola, buen joven! ¿Qué buscas y adónde vas?
El Zarevitz le contó toda su desgracia.
- ¡Ay, Zarevitz Iván! ¿Por qué quemaste aquella piel de rana? ¡No debiste hacerlo! Basilisa Premudraya era más lista y más inteligente que su padre, y éste por envidia la condenó a vivir como una rana por espacio de tres años. Aquí tienes una pelota, tírala y síguela donde vaya.
Iván el Zarevitz dio las gracias al viejo y siguió la pelota. Al pasar por un llano encontró a un oso y pensó:
- ¡Vaya! Mataré a este oso.
Pero el oso le rogó:
- ¡No me mates, Zarevitz! ¡Yo también puedo hacerte algún favor en alguna ocasión!.
Siguieron andando y he aquí que venía en su dirección contoneándose un pato. El Zarevitz tendía ya el arco para tirarle, cuando el animal gritó con voz humana:
- ¡No me mates, Zarevitz Iván! ¡Tal vez también yo pueda darte alguna prueba de amistad!
Le tuvo compasión y siguieron adelante, y una liebre cruzó corriendo el camino. El Zarevitz preparó el arco y ya estaba a punto de disparar la flecha cuando la liebre gritó con voz humana:
- ¡No me mates, Zarevitz! Yo también puedo darte alguno prueba de amistad!
Iván el Zarevitz le tuvo compasión y siguieron andando hasta que llegaron al mar, y he aquí que en la arena agonizaba un pez, que suspiró:
- ¡Zarevitz Iván! Compadécete de mí y vuélveme al agua.
El joven echó el pez al agua y siguió andando por la playa. La pelota dando vueltas y más vueltas, llegó por fin ante una mísera choza que se sostenía y giraba sobre unas patas de gallina. El Zarevitz Iván le dijo:
- ¡Chocita, chocita, ponte como te puso tu madrecita, de cara a mí y de espalda al mar!
Y la chocita dio una vuelta y se puso de cara a él y de espalda al mar. El Zarevitz entró y se halló en presencia de la Baba Yaga piernas de hueso, echada en la estufa sobre nueve ladrillos y puliéndose los dientes.
- ¡Hola, buen joven! ¿A qué debo el honor de tu visita?
- ¡Calla, bruja! Me llamas buen joven y más valdría que me dieras algo de comer y de beber y me preparases un baño. Luego podrías preguntarme lo que quieras.
La Baba Yaga lo dio de comer y de beber y le preparó un baño, y luego el Zarevitz le dijo que iba en busca de su esposa, Basilisa Premudroyo,
- La conozco- dijo la Baba Yaga.- Ahora está con su padre Koshchei Bezimertny. Es difícil llegar allí y no es fácil arreglar las cuentas a Koshchei. Su muerte depende de la punta de un aguja, la aguja la lleva una liebre, la liebre está en un cofre, el cofre en la cima de un alto roble, y Koshchei guarda el roble como la niña de sus ojos.
Baba Yaga le enseñó entonces en qué parte se hallaba el roble. EI Zarevitz se dirigió adónde le indicó, pero no sabía cómo apoderarse del cofre. De pronto, sin saber cómo, el oso se abrazó al árbol y lo arrancó de cuajo; el cofre cayó y se hizo pedazos; la liebre de un salto se puso en salvo. Pero he aquí que la otra liebre se lanzó tras ella, la cogió y la descuartizó; de dentro de la liebre salió un pato que echó a volar por el aire; pero el otro pato lo persiguió, le dio alcance y lo abatió, y al caer, el pato dejó caer un huevo y éste se perdió en el mar. El Zarevitz ante aquella irreparable pérdida del huevo lloraba desconsolado, cuando el pez se acercó nadando a la orilla con el huevo en la boca. El joven tomó el huevo, lo rompió, sacó la aguja y rompió la punta. Entonces atacó a Koshchei, que se defendió cuanto pudo, pero por más esfuerzos que hizo no le tocó más que sucumbir. El Zarevitz Iván se dirigió a casa de Koshchei, cogió a Basilisa Premudraya y se volvió a casa. Y en adelante vivieron juntos largos años y en completa felicidad.

FIN 

Los dos hijos de Iván el soldado



Una vez vivía en cierto país un campesino. Cuando le llegó el tiempo de ir al servicio militar se despidió de su joven esposa con estas palabras:
- ¡Óyeme, esposa mía! Vive honestamente, no te mofes de la buena gente, no dejes que nuestra cabaña se caiga, cuida de todo con esmero y espera mi regreso. Si Dios quiere, volveré y dejaré el servicio. Aquí tienes cincuenta rublos. Si nos nace un niño o una niña es igual; guarda el dinero hasta que nuestro hijo sea mayor. Si es una niña cásala con el pretendiente que le salga, pero si Dios te da un hijo, cuando llegue a la edad de la razón, este dinero te ayudará un poco.
Luego se despidió de la mujer y se marchó a guerrear donde le mandaron. Transcurridos tres meses, le nacieron dos gemelos a quienes llamó los hijos de Iván el soldado. Los pequeños crecieron como dos plantas bien cultivadas. Al llegar a los diez años, su madre cuidó de instruirlos y tanto progresaron en las letras, que los hijos de los boyardos y los hijos de los comerciantes no les aventajaban en saber. Ningún muchacho sabía leer en voz alta, escribir y contestar a las preguntas tan bien como ellos. Los hijos de Iván el soldado fueron creciendo y un día preguntaron a su madre:
- Madre querida, ¿no nos dejó nuestro padre algún dinero? En tal caso dánoslo y nos lo llevaremos a la ciudad para comprarnos un caballo cada uno.
La madre les dio los cincuenta rublos, veinticinco para cada uno, y les dijo:
- Atendedme, hijos míos: cuando vayáis a la feria saludad a todos los que encontréis.
- Así lo haremos, querida madre.
Los dos hermanos se encaminaron a la ciudad y se dirigieron a la feria de caballos. Vieron muchos caballos, pero no eligieron ninguno, porque no eran bastante buenas cabalgaduras para los buenos hermanos. Y uno de estos dijo al otro:
- Vamos al otro extremo de la plaza. Mira cómo corre allí la gente. Algo extraordinario ocurre.
Se acercaron al grupo alborotado y vieron allí dos yeguas atadas a un recio poste, una con seis cadenas y otra con doce cadenas. Las caballerías tascaban el freno y hacían saltar las piedras con sus patas. Nadie se les podía acercar.
- ¿Cuánto valen esas dos yeguas? - preguntó Iván, el hijo del soldado, al amo.
- No metas las narices en este quiso, amigo. Esas yeguas no son para gente de tu ralea. No preguntes más acerca de ellas.
- ¿Cómo sabes quién soy? Tal Vez pueda comprarlas, pero antes quiero mirarles los dientes.
- ¡Mira por tu cabeza! -replicó el amo de las caballerías.
Uno de los hermanos se acercó a la yegua que estaba sujeta por seis cadenas, mientras el otro se acercaba a la que estaba sujeta por doce. Trataron de examinar la dentadura de los animales, pero aquello era imposible. Las yeguas se levantaban sobre las patas traseras y pateaban el aire. Los hermanos les golpearon entonces los ijares con las rodillas y las cadenas que sujetaban a las yeguas se rompieron y éstas dieron un brinco de cinco brazas en el aire y cayeron al suelo patas arriba.
- ¡Bah! -exclamaron los hermanos.- No hay motivo para armar tanto ruido. No queremos estas caballerías ni regaladas.
- ¡Oh! -gritaba la gente, llena de admiración.
- ¿De dónde han salido unos campeones tan fornidos y esforzados?
El dueño de las caballerías casi lloraba. Las yeguas galoparon por toda la ciudad y huyeron a la estepa, sin que nadie se atreviese a detenerlas. Los hijos de Iván el soldado se compadecieron del tratante de caballos, salieron a la ancha planicie, gritaron con voz penetrante y lanzaron formidables silbidos, y las yeguas retrocedieron amansadas y fueron a colocarse a su puesto, donde permanecieron como clavadas. Entonces, los dos hermanos las encadenaron y las trabaron fuertemente. Hecho esto, emprendieron el regreso a su casa. Por el camino encontraron un viejo de barba blanca y, olvidando el consejo de su madre, pasaron sin saludarlo. De pronto, uno de ellos se acordó y dijo al otro:
- ¡Hermano! ¿Qué hemos hecho? ¡No nos hemos inclinado ante ese viejo! ¡Corramos tras él y saludémoslo!
Corrieron tras el viejo, se quitaron el sombrero, se le inclinaron hasta la cintura y le dijeron:
- Perdona, padrecito, que hayamos pasado sin saludarte. Nuestra madre nos recomendó mucho que rindiésemos tributo de homenaje a quien encontrásemos en el camino.
- ¡Gracias, buenos jóvenes! ¿Adónde os guía Dios?
- Venimos de la feria de la ciudad. Queríamos comprar un buen caballo para cada uno, pero no nos gustó ninguno.
- ¿Cómo es posible? ¿Tal vez os gustasen las jaquitas que yo os daría?
- ¡Ah, padrecito! Te quedaríamos agradecidos toda la vida.
- Pues seguidme.
Los condujo a una alta montaña, abrió dos puertas de hierro, y sacó dos caballos de magnífica estampa.
- Aquí tenéis vuestros caballos, montadlos y partid en nombre de Dios, y que prosperéis con ellos.
Le dieron los gracias, montaron y galoparon hacia su casa. Llegaron al patio, ataron los caballos a un poste, y entraron en la cabaña.
La madre les preguntó, diciendo:
- Y bien, hijos míos, ¿habéis comprado una jaca para cada uno?
- No las hemos comprado, las hemos obtenido como regalo.
- ¿Dónde las dejasteis?
- Ahí fuera.
- ¡Ay, hijos míos! ¡Mirad que no se las lleve alguien!
- No, querida madre, nadie podría robar nuestros caballos. No hay quien pueda dominarlos ni acercárseles.
La madre salió a ver los caballos y dijo llorando:
- Bien, hijos míos, ¿cómo es posible que seáis los que yo he criado?
Al día siguiente, los hermanos pidieron a la madre que los dejase ir a la ciudad a comprar una espada para cada uno.
- Id, hijos míos.
Ellos fueron a la ciudad, se dirigieron a casa del herrero, entraron a la herrería y dijeron al amo:
- ¡Haznos un par de espadas!
- ¿Por qué he de hacéroslas si hoy tantos hechas? Elegid las que más os gusten.
- No, amigo, queremos unas espadas que pesen cuatro mil libras cada una.
- ¿Habéis perdido el juicio? Quién sería capaz de manejar semejante arma? No hallaréis en ninguna parte lo que buscáis.
Los jóvenes no tuvieron más remedio que volverse a casa cabizbajos. Por el camino encontraron al mismo anciano.
- ¡Hola, amigos!
- ¡Buenos días, padrecito!
- ¿De dónde venís?.
- De la ciudad, de ver al herrero. Queríamos comprar dos espadas damasquinas y no hemos encontrado ninguna que se ajuste a nuestros puños.
- ¡Qué ridículo! Es posible que yo pueda daros una a cada uno.
- ¡Ah, padrecito! Te quedaríamos eternamente agradecidos.
El viejo se los llevó a una montaña, abrió una puerta de hierro y sacó dos espadas de héroe. Los jóvenes las tomaron, dieron las gracias y se volvieron a casa con el corazón lleno de alegría.
- Y bien, hijos míos, -les preguntó su madre,­ ¿os habéis comprado una espada para cada uno?
- No las hemos comprado, las hemos obtenido como regalo.
- ¿Y qué habéis hecho con ellas?
- Las hemos dejado arrimadas a la cabaña.
- ¡Mirad que no se las lleve alguien!
- No hay miedo, querida madre, nadie puede llevárselos, pues no podría ni levantarlas.
La madre salió a mirar y vio las dos heroicas armas apoyados en la cabaña, que apenas podía sostenerse bajo su peso. La mujer prorrumpió en llanto y dijo:
- Bien, hijos míos, ¿cómo es posible que seáis los que yo he criado?
Al día siguiente, los hijos de Iván el soldado cogieron los caballos y las espadas y fueron a ver a su madre, a quien dijeron:
- Danos tu bendición, querida madrecita, porque vamos a emprender un largo viaje.
- Que mi bendición maternal os acompañe. Id en nombre de Dios. Portaos bien y conoced el mundo. No ofendáis a nadie sin motivo y no sigáis malos caminos,
- No temas, querida madre. Nuestro lema es: "Cuando como no silbo y cuando muerdo no suelto".
Entonces los jóvenes montaron a caballo y emprendieron la marcha. Anda que andarás, anda que andarás, llegaron a una bifurcación de¡ camino y se detuvieron ante dos pilares. En uno estaba escrito: "Quien siga hacia la derecha se convertirá en Zar", y en el otro se leía: "Quien siga hacia la izquierda se convertirá en cadáver". Los hermanos se quedaron un momento reflexionando:
- ¿Qué camino hemos de tomar? -Se decían.- Si los dos seguimos el de la derecha, no encontraremos bastante honor y gloria para la fuerza heroica y las juveniles hazañas de los dos; pero nadie quiere ir por la izquierda a buscar la muerte.
Y uno de los hermanos dijo al otro:
- Escucha, querido hermano: yo soy más fuerte que tú; déjame seguir el camino de la izquierda a ver cómo puede sorprenderme la muerte. Pero tú sigue el de la derecha y tal vez Dios te destine para Zar.
Entonces se despidieron y cada uno dio al otro un pañuelo y tomaron un acuerdo. Los dos se alejarían plantando postes de trecho en trecho, en el camino, y en los postes dejarían escrito lo que les sucediese y así podrían guiarse. Cada mañana al lavarse se enjugarían la cara con el pañuelo del hermano, y cuando el pañuelo apareciera con sangre sería señal de que el hermano había muerto, y en la desgracia, se apresuraría a buscar el muerto. Con esto, los dos hermanos se separaron en diferentes direcciones.


El que tomó el camino de la derecha llegó a un reino magnífico donde vivía un Zar y una Zarina que tenían una hija llamada la sin par Zarevna Nastasia. El Zar vio al hijo de Iván el soldado, apreció su valor de caballero, y sin andarse por las ramas, lo casó con su hija, llamándolo el Zarevitz Iván, y confiándole el gobierno de todo el reino. El Zarevitz Iván vivió felizmente, enamorado de su esposa, dictó sabias leyes a su reino y se divirtió mucho entregado a los placeres de la caza.
Pero su hermano, el hijo de Iván el soldado, que había elegido el camino de la izquierda, caminó día y noche sin descanso. Pasó un mes, dos meses, tres meses andando y por fin llegó a un imperio desconocido. En la capital de este imperio reinaba la mayor consternación. Las casas estaban cubiertas de velos negros y la gente se deslizaba por las calle, como sombras. Alquiló una habitación en casa de una pobre vieja y empezó a preguntarle:
- Dime, abuela: ¿por qué está la gente de tu tierra tan apesarada y cubre las casas con velos negros?
- ¡Ay, joven! Una gran desgracia nos aflige. Cada día sale del mar por detrás del peñasco verde una serpiente de doce cabezas y cada vez se come una persona, y ahora le ha tocado el turno a la propia casa del Zar. El Zar tiene tres hermosas hijas y ahora mismo están conduciendo a la más joven al mar para que la devore el monstruo.
El hijo de Iván el soldado montó su caballo y se dirigió a galope al mar. No lejos del peñasco verde estaba la sin par Zarevna, atada a una cadena de hierro. Al ver al caballero, le dijo:
- ¡Aléjate inmediatamente, buen joven! La serpiente de doce cabezas saldrá de un momento a otro. Yo he de morir, pero tú tampoco escaparías a la muerte, porque la cruel serpiente también te devoraría.
- No temas, doncella encantadora. Tal vez pueda salvarte.
Y acercándose a ella rompió la cadena con sus manos, como si no fuese de hierro sino de cordeles podridos. Luego encendió una hoguera en derredor del peñasco y la alimentó con robles y pinos que arrancaba de raíz, haciendo una gran pira. Acto seguido, volvió al lado de la encantadora doncella y le dijo:
- Necesito descansar, pero tú vigila el mar y en cuanto veas levantarse una nube y sople el viento y el mar ruja y se encrespe, despiértame, hermosa doncella.
Dicho esto, recostó su cabeza en las rodillas de la joven y cayó en profundo sueño, y la encantadora doncella permanecía con la vista fija en el mar. De pronto, se levantó una nube en el horizonte y empezó a soplar el viento y el mar a agitarse y a rugir. La serpiente salía del mar levantando montañas de agua y la Zarevna trató de despertar a Iván, el hijo del soldado; pero por mucho que lo sacudía no lo arrancaba de su profundo sueño, y entonces lloró y sus lágrimas ardientes cayeron en la mejilla del joven, y el héroe se despertó enseguida, corrió a montar su caballo, que ya había levantado un montón de tierra con sus cascos, y fue al encuentro de la serpiente. Ésta se dirigió contra el joven echando fuego, se quedó un momento mirando al héroe y le dijo:
- Has hecho muy bien en venir, hermoso joven; pero tu última hora ha sonado. Despídete de este mundo y arrójate al galope a mi garganta.
- ¡Mientes, maldita serpiente! ¡Ríndete!
Y enseguida empezó un combate mortal. Iván, el hijo del soldado descargaba sobre el monstruo tan fuertes mandobles que su espada se puso al rojo vivo y no podía tenerla en sus manos, por lo que gritó a la Zarevna:
- ¡Auxíliame, encantadora doncella! Moja tu pañuelo en el mar y envuelve con él el puño de mi espada.
La Zarevna mojó enseguida su pañuelo y se lo alargó al esforzado joven. Él envolvió el puño de la espada con el pañuelo mojado y se lanzó furiosamente contra la serpiente; pero comprendió que no podría matarla con su espada. Cogió, pues, de la pira un tronco de pino encendido y quemó el único ojo de la serpiente, y una vez ciega, le cercenó las doce cabezas, las cuales colocó detrás del peñasco. Luego arrastró el cuerpo del monstruo al mar y se volvió a casa, donde, después de comer y de beber, estuvo durmiendo durante tres días seguidos.
Entretanto, el Zar llamó a su aguador y le dijo:
- Ve a la orilla del mar y recoge los huesos de la Zarevna, si tienes la suerte de encontrarlos.
El aguador fue a la orilla del mar y encontró a la Zarevna sana y salva. La subió a su carro y se la llevó a lo más intrincado de un espeso bosque. Allí desenvainó su cuchillo y empezó a afilarlo.
- ¿Qué haces? -preguntó la Zarevna.
- Afilo mi cuchillo para matarte. Si dices a tu padre que yo maté la serpiente, te perdonaré la vida.
Tan espantada estaba la hermosa doncella que lo juró hacer lo que él le ordenaba. Era la hija predilecta del Zar y cuando éste vio que estaba sana y salva quiso premiar al aguador y se la dio por esposa. Enseguida corrió por todo el reino el rumor de la hazaña del aguador y de su recompensa y también llegó a oídos de Iván, el hijo del soldado, la noticia de que se celebraba una boda en la corte. Sin perder tiempo se encaminó al palacio donde se daba un gran banquete. Una multitud de invitados comían, bebían y se divertían de lo lindo; pero en cuanto la joven Zarevna puso la vista en Iván, el hijo del soldado, y vio la espada que éste llevaba todavía envuelta en su pañuelo de rico encaje, se levantó de un salto, lo cogió de la mano y gritó:
- Querido padre y soberano señor, he aquí al que me salvó de la cruel serpiente y de una muerte terrible. El aguador no hizo más que afilar su cuchillo y decirme: "Afilo mi cuchillo para matarte. Si dices a tu padre que yo mató a la serpiente, te perdonaré la vida".
El Zar montó en ira e hizo ahorcar al aguador y dio a Iván, el hijo del soldado, a la Zarevna por esposa, y con este motivo hubo grandes regocijos. Y la joven pareja vivió feliz y en continua prosperidad.
No había transcurrido mucho tiempo cuando al Zarevitz Iván, el otro hijo de Iván el soldado le ocurrió algo digno de contarse.
Un día, mientras estaba cazando, sorprendió a un ciervo de ligeros pies. Espoleó su caballo y persiguió al venado, pero no pudo darle alcance y al llegar a un prado, el ciervo había desaparecido. Iván se detuvo pensando: "¿Cómo volveré al punto de partida si no sé el camino?" Y he aquí que un río atravesaba el prado y dos patos grises se deslizaban por el agua. Disparó una flecha y los mató, los sacó del agua, los guardó en su zurrón y prosiguió la marcha. Anduvo sin parar hasta que vio un palacio de piedra blanca, se apeó, ató el caballo a un poste, y empezó a recorrer las salas del palacio. Estaban vacías y no hallaba asomo de ser viviente. Por fin llegó a un salón donde vio la estufa encendida y una cacerola capaz para la comida de seis personas. La mesa estaba puesta, con platos, copas y cuchillos. El Zarevitz Iván sacó los patos, los desplumó, los coció, los puso en la mesa y empezó a comer. De pronto, sin saber como, se le apareció una hermosa joven, tan hermosa que ni la pluma puede describirlo ni la boca expresarlo con palabras y que le dijo:
- Pan y sal, Iván el Zarevitz.
- Perdón, hermosa joven, siéntate y come conmigo.
- Me sentaría contigo, pero tengo miedo. Tú traes un caballo encantado.
- No, hermosa joven, estás mal informada. Mi caballo prodigioso se ha quedado en casa y yo he traído un caballo ordinario.
Apenas hubo oído esto la hermoso joven empezó a inflares, a inflarse hasta convertirse en una espantosa leona que abrió sus enormes fauces y se tragó entero al Zarevitz Iván. No era una joven cualquiera, sino la hermana de la serpiente muerta por Iván, el hijo de¡ soldado.
Y sucedió que, por aquel entonces, el otro Zarevitz Iván se acordó de su hermano, sacó el pañuelo de éste del bolsillo y se enjugó el rostro y vio que todo el pañuelo estaba manchado de sangre. No hay que decir la pena que experimentó. ¿Qué le habría sucedido a su hermano? Se despidió de su mujer y de su padre político y montando su caballo heroico salió a galope tendido en busca de su hermano. Después de largo y fatigoso viaje, llegó al reino donde su hermano había vivido, preguntó por él y se enteró de que el Zarevitz había ido a cazar y desapareció sin dejar rastro.
Iván fue a cazar al mismo paraje y al ver un ciervo se lanzó tras él corriendo hasta que, en un prado, perdió de vista al animal. Un río atravesaba el prado y en el agua nadaban dos patos. Iván los mató y siguió andando hasta que encontró el palacio de piedra blanca, cuyas salas desiertas recorrió. Al llegar al salón donde había una estufa encendida y una cacerola capaz para comida de seis personas, coció los patos y volvió al patio, se sentó en las gradas de la entrada y empezó a comer. De pronto se le apareció una hermosa joven.
- Pan y sal, buen joven. ¿Por qué comes en el patio?
Iván, el hijo de¡ soldado, contestó:
- En el salón no quiero comer, me gusta más en el patio. ¡Siéntate conmigo, hermosa joven!
- Me sentaría de mil amores, pero me da miedo tu caballo encantado.
- No hay por qué temer, hermosa joven. Viajo en una yegua vulgar.
Lo creyó como una tonta y empezó a inflarse, a inflarse hasta convertirse en una espantosa leona. Y se lo hubiera tragado, pero el caballo mágico se lanzó sobre la fiera y la sujetó con sus cuatro patas. Entonces, Iván, el hijo del soldado, desenvainó su espada y gritó con voz penetrante:
- ¡Habla, maldita! ¿No te has tragado tú a mi hermano, el Zarevitz Iván? ¡Devuélvemelo, si no quieres que te haga pedazos!
La horrible leona se transformó de nuevo en la más bella de las doncella y empezó a gritar con voz suplicante:
- No me mates, buen joven. Coge esos dos frascos que hay en el banco, llenos de agua de la salud de la vida, sígueme a la cámara subterránea y vuelve a la vida a tu hermano.
El Zarevitz Iván siguió a la hermosa doncella a la cámara subterránea, y encontró a su hermano despedazado. Lo roció con agua de la salud y vio cómo la carne subía y se juntaba. Luego lo roció con agua de la vida y su hermano se levantó y habló:
- ¡Ah! ¿Cuánto tiempo hace que duermo?
A lo que Iván el Zarevitz contestó:
- ¡Para siempre jamás hubieras dormido, a no ser por mí!
Los dos hermanos volvieron a la corte, donde celebraron su encuentro con fiestas que duraron tres días, y luego se despidieron. Iván, el hijo del soldado, volvió con su mujer en incesante amor y armonía. El Zarevitz volvió a sus dominios y yo lo encontré en el camino. Tres días bebimos y nos divertimos juntos, y él mismo me contó este cuento.



FIN 

Juanito el tonto

Hace mucho tiempo, en cierto reino de cierto imperio había una ciudad donde reinaban el Zar Gorokh, que quiere decir guisante y la Zarina Morkovya, que quiere decir zanahoria. Tenían sabios boyardos, ricos príncipes y robustos y poderosos campeones, y en cuanto a guerreros no bajaban de cien mil. En la ciudad vivía toda clase de gente, comerciantes de barbas respetables, hábiles artesanos, alemanes mecánicos, bellezas suecas, borrachos rusos; y en los suburbios vivían campesinos que labraban la tierra, cosechaban trigo, lo llevaban al molino, lo vendían en el mercado y se bebían las ganancias.
En uno de los suburbios había una casita habitada por un anciano con tres hijos que se llamaban Pacomio, Tomás y Juan. El anciano no sólo era listo sino astuto y cuando se encontraba al diablo entablaba conversación con él, lo convidaba a beber y le arrancaba muchos secretos que luego aprovechaba obrando tales prodigios, que sus vecinos lo tenían por hechicero y mago, mientras otros lo respetaban como a un hombre ladino enterado de alguna que otra cosa. El viejo hacía realmente cosas prodigiosas. Si alguien se sentía consumido por la llama de un amor desesperado, no tenía más que ir a visitar al hechicero y éste le recetaba unas raíces que ablandaban enseguida el corazón de la ingrata. Si algo se perdía, él se las arreglaba para encontrarlo por más escondido que lo tuviese el ladrón, con agua encantada y una red.
A pesar de su sabiduría no pudo lograr que sus hijos siguieron su ejemplo. Los dos mayores eran unos holgazanes que nunca sabían cuándo echar adelante o cuándo retroceder. Se casaron y tuvieron hijos. Su hijo menor no se casó, pero el anciano no se preocupaba por él, porque su tercer hijo era tonto e incapaz de contar más de tres; no servía mas que para comer, beber y tumbarse a la bartola junto al fuego. ¿Por qué preocuparse de un hijo como aquel? Ya sabría componérselas por sí mismo mucho mejor que un hombre de juicio. Y además Juan era tan blando y suave, que ni la manteca se fundiría en su boca. Si le pedíais su cinto os daba también su caftán; si le quitabais los guantes os pedía que aceptaseis su gorro por añadidura. Por eso todos querían a Juan y lo llamaban queridito Juan o queridito tonto; en fin, era tonto de nacimiento, pero un muchacho muy amable.
El anciano vivió con sus hijos hasta que le llegó la hora de morirse. Entonces llamó a sus tres hijos y les dijo:
- Queridos hijos, la hora de mi muerte ha sonado y habéis de cumplir mi deseo. Cada uno de vosotros ha de venir a mi tumba a pasar una noche en mi compañía. Primero tú, Tomás; después tú, Pacomio, y el tercero tú, Juanito el tonto.
Los dos mayores, como personas juiciosas, prometieron obedecer; pero el tonto, sin prometer nada, se limitó a bajar la cabeza.
Murió el anciano y lo enterraron. Comieron tortas y pastelillos y empinaron el codo de lo lindo, todo en honor del difunto, y al tercer día tocó al mayor de los hijos, Tomás, ir a su tumba. Se ignora si fue por pereza o por miedo, el caso es que dijo a Juan el tonto:
- Mañana he de levantarme temprano para moler trigo; ve tú en lugar de mí a la tumba de nuestro padre.
- ¡Está bien! -contestó Juanito el tonto, que con un pedazo de pan bajo el brazo, fue a la tumba, se acostó y empezó a roncar.
Dieron las doce de la noche, la tumba empezó a moverse, sopló un viento recio, cantó la lechuza, cayó la losa de la tumba, y el difunto salió y dijo: -¿Quién hay aquí?
- Yo -Contestó Juan el tonto.
- Bien, querido hijo; yo premiaré tu obediencia.
Apenas dijo estas palabras cantaron los gallos y el difunto volvió a hundirse en la tumba. Juanito se volvió a casa y se acostó junto al fuego, y sus hermanos le preguntaron:
- Y bien, ¿qué ha pasado?
- ¡Nada! -contestó él.- He dormido toda la noche, pero tengo hambre y comería algo.
La siguiente noche tocaba por turno a Pacomio, el segundo hijo, ir a la tumba de su padre. Después de mucho pensar, se dirigió a Juanito el tonto y le dijo:
- He de levantarme muy temprano para ir al mercado. ¿No podrías ir en mi lugar o la tumba de nuestro padre?
- ¡Está bien! -contestó Juanito el tonto, que después de comerse una tortilla y una sopa de coles, se dirigió a la tumba y se echó a dormir a pierna suelta. A media noche, la tumba empezó a moverse, sopló la tempestad, una bandada de cuervos volaron haciendo giros, cayó la losa de la tumba y el difunto asomó la cabeza y preguntó:
- ¿Quién hay aquí?
- Yo -contestó Juanito el tonto.
- ¡Bien, hijo mío! -dijo el anciano,- no te olvidaré, porque no me has desobedecido.
Apenas pronunciadas estas palabras, contaron los gallos y el difunto volvió a desaparecer en la fosa.
Juanito el tonto se despertó, fue a acurrucarse junto al fuego y sus hermanos le preguntaron.
- Y bien, ¿qué ha pasado?
- ¡Nada! -contestó Juanito.
Y al tercer día los hermanos dijeron a Juanito el tonto.
- Ahora te toca a ti ir a la tumba de nuestro padre. El deseo de un padre se ha de cumplir.
- ¡No faltaba más! -contestó Juanito el tonto, que después de comer una fritada, se puso la blusa, y se dirigió a la tumba.
A media noche la losa de la tumba se levantó y el difunto salió y preguntó:
- ¿Quién hay aquí?
- Yo -contestó Juanito el tonto.
- ¡Bien, hijo obediente! -dijo el anciano.- No en vano has cumplido mi deseo. ¡Verás premiada tu fidelidad!
Y se puso a gritar con una voz monstruosa y a cantar en voz de ruiseñor:


- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! .¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!
Y le pareció a Juanito el tonto como si se acercase corriendo un caballo que hacía temblar la tierra y echaba fuego por los ojos y nubes de humo por las orejas. Se detuvo ante el difunto como si las patas se le hubieran clavado en el suelo y habló con voz humana diciendo:
- ¿Qué quieres?
El anciano se introdujo por una oreja, tomó un baño fresco, se secó, se vistió las ropas más finas y salió por la otra oreja tan joven y hermoso, que no hay lengua que pueda expresarlo ni pluma que pueda describirlo, ni imaginación que pueda imaginarlo.
- ¡Querido hijo mío, aquí tienes mi valiente corcel; y tú, caballo, mi buen corcel, sirve al hijo como serviste al padre!

Apenas hubo pronunciado estas palabras, los gallos de la aldea batieron las alas y cantaron anunciando el nuevo día, el anciano se hundió en la tumba y sobre la tumba creció la hierba. Juanito el tonto se encaminó paso a paso a su casa, se acostó en su rincón de siempre y empezó a roncar hasta hacer temblar las paredes.
- ¿Qué sucede? -preguntaron sus hermanos. Él, por toda respuesta, agitó la mano.
Y así continuaron viviendo juntos, los hermanos mayores pasando por listos, y el menor pasando por tonto. Vivieron así un día y otro día y como una mujer forma un ovillo arrollando hilo, así se arrollaban los días para ellos hasta que quedaron del todo enrollados.
Y un día supieron que los capitanes del ejército iban por todo el reino con trompetas y clarines y tambores y platillos, y hacían sonar las trompetas y los tambores, proclamando en los mercados y en las plazas la voluntad del Zar, y la voluntad del Zar era ésta: El Zar Gorokh y la Zarina Morkovya tenían una hija única, la Zarevna Baktriana, heredera del trono, tan hermosa, que cuando miraba al sol, el sol se avergonzaba y cuando miraba a la luna, la luna se sentía humillada. Y el Zar y la Zarina pensaron: ¿A quién podremos dar la hija en matrimonio para que gobierne nuestro reino, lo defienda en tiempo de guerra, se siente a juzgar en el real consejo, ayude al Zar en su vejez y sea su sucesor cuando muera? El Zar y la Zarina deseaban un novio que fuese un valiente guerrero, un hermoso campeón, que amase a la Zarevna y se hiciese amar de ella. Pero el asunto del amor no era tan fácil, pues ofrecía una gran dificultad: la Zarevna no amaba a nadie. Cuando su padre el Zar le hablaba de un pretendiente, siempre contestaba ella: "¡No lo amo!" Si su madre la Zarina le indicaba a alguien, siempre contestaba: "¡No es guapo!". Por fin el Zar y la Zarina le dijeron:
- Querida hija y mimada niña, más de tres veces bella Zarevna Baktriana, ha llegado el tiempo de que elijas esposo. Pon tus ojos en los pretendientes que te rodean; los reales e imperiales embajadores están todos en la corte; se han comido todos los pasteles y han dejado seca la bodega, y ¡aun no has elegido el amado de tu corazón!
Entonces la Zarevna les dijo:
- Mi soberano papá y mi soberana mamá, me aflige vuestra pena, y de buena gana os obedecería; pero permitid que la suerte decida quién es mi prometido. Erigidme un aposento a la altura de treinta y tres pisos con una ventana saliente encima. Yo, la Zarevna, me sentaré en ese aposento junto a la ventana y vosotros mandad publicar una proclama. Que todo el mundo acuda: Zares, Reyes, Zareviches, Príncipes, adalides, jóvenes valientes, y el que dé un brinco hasta mi ventana en su bravo corcel y cambie los anillos conmigo, ése será mi esposo y vuestro hijo y sucesor.
El Zar y la Zarina siguieron el consejo de su prudente hija.
- ¡Está bien! -dijeron.
Mandaron construir una torre de treinta y tres pisos, de fuertes vigas de roble, y adornaron el aposento de la Zarevna con graciosos relieves y con brocados venecianos y tapicerías de perlas y de oro, y lanzaron pregones y soltaron palomas mensajeras, y mandaron embajadores a todos los reinos, convocando a todos los caballeros para que acudiesen al imperio del Zar Gorokh y de la Zarina Morkovya, para que quien llegase de un brinco, en su magnífico corcel, al aposento de la hija y cambiase los anillos con la Zarevna Baktriana, la tomase como esposa y heredase con ella el trono, ya fuese Zar o Rey, Zarevitz o Príncipe, o aunque no fuese más que un libre y esforzado cosaco sin cuna ni linaje.


Llegó el día señalado y la gente se aglomeró en los prados donde se levantaba el aposento de la Zarevna, que parecía cuajado de estrellas, y ella misma se dejó ver en la ventana, ataviada con las más ricas prendas y refulgente de piedras preciosas. La multitud producía un rumor de admiración semejante al de un gran océano. El Zar y la Zarina ocuparon su trono y a su lado se colocaron sus magnates, sus boyardos, sus capitanes y campeones. Llegaban los pretendientes de la Zarevna Baktriana galopando, haciendo cabriolas, pero cuando veían tan alto el aposento, desmayaban sus corazones. Se esforzaban en quedar bien, corrían, tomaban velocidad y daban un brinco; pero caían al suelo como costales llenos, provocando la risa de la muchedumbre.
En aquellos días en que los pretendientes de la Zarevna Baktriana hacían lo posible para conquistarla, se les ocurrió a los hermanos de Juanito el tonto ir también a ver la diversión. Se arreglaron, pues, para salir y Juanito el tonto les dijo:
- ¡Llevadme con vosotros!
- ¡Calla, tonto! -le contestaron.- Quédate en casa a cuidar de las gallinas. ¿Qué has de hacer tú allí?
- ¡Tenéis razón! -dijo él, y fue al gallinero y se tumbó en el suelo.
Pero cuando sus hermanos se hubieron alejado, Juanito el tonto salió a la llanura y gritó con voz de guerrero y silbó con silbido de héroe:
- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.
Y he aquí que el fogoso caballo se acercaba corriendo haciendo temblar la tierra y echando fuego por los ojos y nubes de humo por las orejas, y se detuvo y preguntó con voz humana:
- ¿En qué puedo servirte?
Juanito el tonto se introdujo en una oreja, se bañó, se peinó y salió por la otra oreja tan joven y hermoso, que no hay lengua que pueda expresarlo ni pluma que pueda describirlo ni imaginación que pueda imaginarlo. Montó en su buen caballo y golpeó sus lomos con un látigo de plata de Samarcanda, y el fogoso caballo se encabritó y corrió saltando por encima de los bosques y por debajo de las nubes, y cuando llegaba a los grandes ríos los cruzaba nadando y cuando llegaba a los riachuelos los barría con la cola y alargaba las patas y pasaban por debajo las montañas. Y Juanito el tonto vio la torre de la Zarevna Baktriana, se lanzó al espacio como un radiante halcón y de un brinco pasó rozando el piso treinta y uno y desapareció de la vista como una exhalación, dejando, detrás un viento de tempestad. La gente rugía:
- ¡Detenedlo! ¡Paradlo!
El Zar dio un brinco en su trono. La Zarina lanzó una exclamación. La gente se quedó atónita.
Los hermanos de Juanito el tonto volvieron a casa y comentaban lo sucedido:
- ¡Ése era un verdadero campeón! ¡Sólo le faltaban dos pisos para llegar a la ventana!
- ¡Pues ése era yo, hermanos! -dijo Juanito el tonto.
- Conque tú, ¿eh? ¡Calla, tonto, y vete a la estufa a avivar el fuego!
Al día siguiente los hermanos se dispusieron a asistir a los festejos del Zar y Juanito el tonto les dijo:
- ¡Llevadme con vosotros!
- ¡Calla, tonto! -contestaron los hermanos.­ ¡Quédate en casa para ahuyentar los gorriones de los guisantes como un espantajo! ¿Qué tienes tú que hacer allí?
- ¡Tenéis razón! -dijo él, y fue al plantío de guisantes y ahuyentó los gorriones.
Pero cuando los hermanos se hubieron alejado, Juanito el tonto corrió a la llanura, gritó con voz de guerra y lanzó un silbido heroico:
- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.
Y he aquí que el fogoso corcel llegó corriendo y haciendo temblar la tierra y levantando haces de chispas de sus veloces herraduras; sus ojos lanzaban llamas y de sus orejas salían nubes de humo.
- ¿Qué quieres?
Juanito el tonto entró por una oreja y salió por otra tan joven y de tan bello aspecto que ni puede describirse ni puede imaginarse; montó el bravo animal y golpeó sus piernas con un látigo circasiano. Y el caballo emprendió veloz carrera saltando por encima de los bosques y por debajo de las nubes, y a cada brinco avanzaba una legua larga. Al segundo brinco pasó por el río, y al tercer brinco llegó ante la torre de la Zarevna. Entonces se lanzó al aire como una águila, con tal ímpetu, que llegó al piso treinta y dos y pasó de largo como un huracán. La gente gritó:
- ¡Detenedlo! ¡Paradlo!
El Zar dio un brinco en su trono y la Zarina lanzó una exclamación, los príncipes y los boyardos se quedaron con la boca abierta.
Los hermanos de Juanito el tonto volvieron a casa y comentaron:
- Ese joven guerrero de hoy se ha portado mejor que el de ayer. ¡Sólo le faltaba un piso para llegar a la ventana!
- ¡Pues, hermanos ése era yo! -dijo Juanito el tonto.
- ¡Cierra el pico! Conque tú, ¿eh? ¡Vete a la estufa y no digas sandeces!
Al tercer día, los hermanos de Juanito el tonto se arreglaron para asistir al gran espectáculo, y Juanito el tonto les dijo:
- ¡Llevadme con vosotros!
- ¿Nosotros ir con un tonto como tú? ¡Quédate en casa y da de comer a los cerdos! ¿Qué te has creído?
- ¡Cómo queráis!
Fue a la pocilga, y dio de comer a los cerdos, pero cuando los hermanos se hubieron alejado, salió a la llanura y llamó con su voz guerrera y con un silbido heroico:
- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.
Y he aquí que llegó la fogosa montura, haciendo temblar la tierra y abriendo una fuente donde tocaban las patas delanteras y apareciendo un lago donde tocaban las traseras, y lanzando llamas por los ojos y nubes de humo por las orejas.
- ¿Qué quieres? -preguntó con voz humana.
Juanito el tonto entró por una oreja y salió por otra convertido en un apuesto guerrero y más hermoso de lo que puede uno representar en sueños. Montó a caballo, empuñó las riendas, golpeó a su montura en el rabo y el brioso corcel salió volando más veloz que el viento, y en un abrir y cerrar de ojos, llegó ante la torre de Zarevna. Entonces el jinete azotó con el látigo las costillas de la cabalgadura y ésta se levantó como una serpiente enfurecida, y de un brinco alcanzó la ventana donde se asomaba la Zarevna Baktriana. Juanito el tonto le tomó en sus manos de héroe, besó sus labios de miel, cambió con ella los anillos, y fue arrebatado como por un huracán hacia los prados, arrollando cuanto hallaba a su paso. La Zarevna sólo tuvo tiempo de incrustar en su frente un brillante como una estrella porque el poderoso guerrero se desvaneció enseguida de su vista. El Zar se levantó lleno de admiración, la Zarina, lanzó un grito de sorpresa y los magnates se retorcían las manos sin proferir palabra.
Los hermanos de Juanito el tonto llegaron a su casa y se pusieron a discutir sobre lo que habían visto:
- El campeón de hoy ha sido el mejor y él es el novio de la Zarevna. Pero ¿quién es?
- ¡Pues, hermanos, ése era yo! -dijo Juanito el tonto.

- ¡Cállate de una vez! ¿Qué habías de ser tú? Vete a la estufa a avivar el fuego y no te metas en nuestras conversaciones.
Pero el Zar Gorokh mandó cercar la ciudad poniendo estrecha vigilancia y permitiendo la entrada a todo el mundo, pero prohibiendo que nadie saliese, luego publicó un bando ordenando, bajo pena de muerte, que todos los habitantes de la ciudad, ancianos y jóvenes, fuesen a la corte del Zar a rendirle homenaje, esperando encontrar la persona en cuya frente luciese el brillante que su hija la Zarevna había incrustado en la de su prometido.
Desde las primeros horas del día la gente empezó a acudir a la corte, y a todos les miraban la frente, pero en ninguna frente aparecía la estrella. Llegó la hora de la comida, pero en las salas del palacio no se veía ninguna mesa puesta. También los hermanos de Juanito el tonto fueron a enseñar su frente, obedeciendo la orden del Zar, y Juanito el tonto les dijo:
- ¡Llevadme con vosotros!
- ¿Llevarte? -le contestaron.- ¡Siéntate en tu rincón y caza moscas! ¿Pero cómo es que tienes la cabeza vendada con esos trapos? ¿Te la has lastimado?
- Ayer, cuando estabais fuera, andaba distraído y me di un golpe con la puerta. La puerta no se hizo daño, pero a mí me salió un chichón en la frente.
En cuanto los hermanos hubieron salido, Juanito el tonto fue a pasar por debajo de la ventana donde estaba sentada la Zarevna con el corazón turbado. Los soldados del Zar lo vieron y le preguntaron:
- ¿Por qué llevas vendada la frente? ¡Quítate esos trapos, que la veamos! ¿No hay una estrella en tu frente?
Juanito el tonto no quiso quitarse las vendas y los soldados armaron un escándalo que atrajo la atención de la Zarevna y ésta ordenó que le llevasen al joven a su presencia, le quitó el vendaje de la frente y allí encontró la estrella. Cogió a Juanito el tonto por la mano y lo condujo a presencia del Zar Gorokh.
- ¡Mira, querido y soberano papá, éste es mi prometido esposo y tu yerno y sucesor!
No había más que decir. El Zar ordenó que se sirviera el banquete y Juanito el tonto y la Zarevna se casaron, celebraron la boda durante trece días y se divirtieron de lo lindo. El Zar nombró a los hermanos de Juanito el tonto capitanes de su ejército y les regaló una aldea y una casa a cada uno.
Los hermanos de Juanito el tonto eran listos, y cuando fueron ricos, no es de admirar que todos los tomaran por sabios. Y cuando se vieron encumbrados empezaron a mostrarse altivos y orgullosos, no permitían que la gente del pueblo entrara en su patio y obligaban a los cortesanos y a los boyardos a descubrirse cuando llegaban a la escalera. A tal punto llegó su soberbia, que los boyardos fueron a ver al Zar y le dijeron:
- Soberano Zar, los hermanos de tu yerno se jactan de saber dónde crece el manzano de hojas de plata y de manzanas de oro y desean traértelo como presente.



El Zar mandó comparecer a los hermanos de Juanito el tonto y les dijo que fueran a buscarle el manzano de las hojas de plata y de las manzanas de oro, y, como nada tenían que replicar, se vieron obligados a obedecer. El Zar les mandó escoger los mejores caballos de su establo y ellos emprendieron el viaje en busca del manzano de las hojas de plata y de las manzanas de oro. Y al cabo de unos días, Juanito el tonto se levantó, montó en su jamelgo, de cara a la grupa, y salió de la ciudad. Al llegar a campo abierto cogió su rocín por la cola, lo tiró al suelo y gritó:
- ¡Venid, cuervos y milanos, aquí tenéis con qué desayunaros!
Enseguida llamó a su caballo, le entró por una oreja, le salió por otra, y el caballo lo llevó a Oriente, donde crece el manzano de hojas de plata y manzanas de oro, en un terreno de arenas de oro. Lo arrancó de raíz y regresó; pero antes de llegar a la ciudad del Zar Gorokh, levantó su tienda con el mástil de plata en el campo y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos volvían por aquel camino con las narices caídas y sin saber que excusa dar al Zar de su fracaso, y acertaron a ver la tienda y junto a ella el manzano, y despertaron a Juanito el tonto y empezaron a regatear con él ofreciéndole por el árbol tres carretadas de plata.
- El manzano es mío, caballeros, y no se compra ni se vende, pero se da por un capricho. Un capricho no es gran cosa. ¡Dadme los dos un dedo del pie derecho y trato concluido!
Los hermanos hablaron entre sí, pero no tuvieron más remedio que acceder. Juanito el tonto les cortó un dedo del pie derecho a cada uno y les entregó el manzano, que ellos llevaron al Zar.
- ¡Mira, oh Zar! -le dijeron en tono jactancioso.- Hemos tenido que andar mucho, hemos sufrido grandes penalidades; pero hemos satisfecho tu deseo.
El Zar estaba encantado. Organizó festejos en honor de los hermanos, mandó anunciar su hazaña al son de trompetas y tambores y les regaló una villa a cada uno, elogiando la lealtad con que le habían servido.
Luego, los otros cortesanos y boyardos le dijeron:
- No es tan gran servicio como te parece el manzano de hojas de plata y de manzanas de oro. Los hermanos de tu yerno se jactan de que son capaces de ir al Cáucaso y traerte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones.
El Zar mandó comparecer a los hermanos de Juanito y les dijo que fueran a buscarte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones, y como nada tenían que replicar, se vieron obligados a obedecer. Y emprendieron el viaje en busca de la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones. Y oportunamente, Juanito el tonto se levantó, montó en su vaca de cara a la grupa y salió de la ciudad. Cuando estuvo en campo abierto cogió la vaca por la cola y la derribó gritando:
- ¡Venid corriendo, lobos grises y preciosas zorras! ¡Aquí tenéis una buena comida!
Luego llamó a su corcel, le entró por una oreja y le salió por la otra, y el caballo lo llevó a las tierras del Sur y lo introdujo en una espesa selva donde la guarra de cerdas de oro estaba arrancando raíces con sus colmillos de plata, rodeada de veinte lechones. Juanito el tonto sujetó a la guarra con una lazada de seda, colgó los lechones del arzón de su silla y emprendió el regreso, y cuando ya estaba cerca de la ciudad de Gorokh, levantó su tienda con el mástil de plata y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos, que regresaban cabizbajos por aquel camino, sin saber qué excusa presentar al Zar, acertaron a ver la tienda y junto a la tienda estaba atada al lazo de seda la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones, y despertaron a Juanito el tonto y empezaron a regatear con él, ofreciéndole por la guarra tres sacos de piedras preciosas.
- La guarra es mía, caballeros, y no se compra ni se vende; pero se da por un capricho. Un capricho no es gran cosa. ¡Dejaos cortar un dedo de la mano y trato concluido!
Los hermanos hablaron entre sí y se dijeron: "¿Si un hombre puede vivir sin seso, por qué no ha de vivir sin dedos?" Y dejaron que Juanito el tonto les cortara un dedo a cada uno, y él les entregó la guarra que se apresuraron a ofrecer al Zar, dándoselas de valientes.

- Zar -le dijeron,- hemos viajado por mares inmensos, hemos atravesado bosques impenetrables, hemos cruzado desiertos arenosos, hemos sufrido frío y hambre; pero hemos satisfecho tu deseo.
El Zar estaba lleno de gozo al contar con tan fieles servidores, dio un banquete a todo el mundo, premió a los hermanos de Juanito el tonto nombrándolos boyardos y no se cansaba de elogiarlos.
Entonces, los otros cortesanos y boyardos le dijeron:
- No es tan gran servicio como te parece, ¡oh, Zar! traerte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones. Una guarra es una guarra aquí y en todo el mundo, aunque tenga cerdas de oro. Pero los hermanos de tu yerno se jactan de poderte hacer un mayor servicio. Dicen que son capaces de traerte del establo de la Serpiente Goruinich el caballo de crines de oro y cascos de diamantes.
El Zar mandó comparecer a los hermanos de Juanito el tonto y les dijo que fueran a buscarle a los establos de la Serpiente Goruinich el caballo de las crines de oro y cascos de diamante. Los hermanos protestaron, jurando que nunca habían dicho tales palabras, pero el Zar no quiso escucharlos.
- Tomad -les dijo- de mis tesoros cuanto necesitéis y de mis ejércitos la fuerza que queráis, y traedme el caballo de las crines de oro y cascos de diamantes. Sois los primeros en mi reino pero si no me lo traéis, os degradaré y os reduciré a la condición de pelagatos.
Con esto, aquellos buenos guerreros, aquellos campeones inútiles, emprendieron el viaje, arrastrando los pies y sin saber adónde dirigirse. Oportunamente, Juanito el tonto se levantó y a horcajadas en su bastón, salió al campo descubierto, llamó a su caballo, le entró por una oreja y le salió por la otra y el caballo lo llevó a las tierras de Poniente, hacia la gran isla donde la Serpiente Goruinich guardaba en su establo de hierro, bajo siete cerrojos, bajo siete puertas, el caballo de las crines de oro y de los cascos de diamantes. Después de mucho viajar, subiendo y bajando, avanzando y retrocediendo, Juanito el tonto llegó a la isla, luchó tres días con la Serpiente hasta que la mató; pasó tres días más descerrajando las puertas y derribándolas, cogió el caballo por la crin y emprendió el regreso. Pero a pocas leguas de la ciudad, levantó su tienda con el mástil de plata y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos volvían por el mismo camino, sin saber qué decir al Zar Gorokh. De pronto uno de ellos notó que la tierra temblaba. Era que el caballo de crines de oro estaba piafando. Miraron a todos lados y vieron una luz como de antorcha encendida a lo lejos. Era la crin del caballo que brillaba como el fuego. Se detuvieron, despertaron a Juanito el tonto y empezaron a regatear por el caballo ofreciéndole por él, cada uno, un saco de piedras preciosas.
- El caballo es mío, caballeros, y no se compra ni se vende; pero se da por un capricho. Pero un capricho no es gran cosa. ¡Dejadme que os corte una oreja y trato hecho!
Los hermanos dejaron que su hermanito les cortara una oreja, y él les entregó el caballo de las crines de oro y no cesaban de darse tono, contando tales embustes que a los que escuchaban les dolían los oídos de oírlos.
- Hemos ido -dijeron al Zar- más allá de la tierra de Tres Veces Diez, más allá del gran Océano; hemos luchado con la Serpiente Garuinich que por cierto nos arrancó una oreja, como puedes ver; pero todo nos parece poco, pues por servirte nadaríamos en ríos de sangre, sacrificaríamos los brazos, las piernas y toda nuestra vida.
En su alegría, el Zar los colmó de riquezas, les nombró los primeros de sus boyardos y dio tal banquete, que las cocinas del palacio fueron insuficientes, aunque estuvieron cociendo y asando en ellas durante tres días, y las bodegas se quedaron secas, y en el banquete, el Zar colocó a uno de los hermanos de Juanito el tonto a su derecha y al otro a su izquierda. Y el banquete transcurría en completa alegría y los invitados estaban ya casi hartos, y animados por el vino, hablaban produciendo un ruido como de colmena, cuando vieron entrar a un apuesto guerrero, que no era otro que Juanito el tonto, vestido como el día en que dio, montado en su corcel, el brinco de treinta y tres pisos. Y cuando sus hermanos lo vieron, el primero estuvo a punto de atragantarse con el vino que bebía, y por poco se ahoga el otro con un trozo de ganso que en aquel momento se llevaba a la boca, y dejaron caer las manos y se quedaron girando los ojos, sin saber qué decir. Juanito el tonto hizo una profunda reverencia ante su suegro, el Zar, y le contó cómo había ido en busca del manzano de hojas de plata y de manzanas de oro, y de la guarra de cerdas de oro, dientes de plata y veinte lechones, y del caballo de crines de oro y cascos de diamantes, y enseñó los dedos de los pies y de las manos y las orejas por los que había cambiado todas aquellas cosas con sus hermanos.
El Zar Gorokh se encolerizó en gran manera y golpeó el suelo con los pies. Ordenó que sacaran de allí a escobazos a los hermanos de Juanito el tonto y al primero lo mandó a la pocilga a cuidar de los cerdos y al segundo al gallinero a cuidar de las aves de corral.
A Juanito el tonto lo sentó a su lado y lo nombró jefe de todos sus boyardos, y capitán de sus capitanes. Y siguieron el festín con más alegría que antes hasta que se lo comieron y se lo bebieron todo. Y Juanito el tonto empezó a gobernar el reino, y sus leyes fueron sabias y terribles, y cuando murió su suegro se sentó en el trono. Tuvo muchos hijos y sus súbditos lo amaban como a un padre y sus vecinos le temían, pero la Zarevna Baktriana era tan hermosa en su vejez como lo fuera en su juventud.



FIN