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miércoles, 17 de abril de 2013

La Doncella de Nieve - Snegurochka



Erase una vez que vivían un leñador y su esposa de edad. Eran pobres y no tuvieron hijos. El cortaba viejos troncos en el bosque y los llevaba a la ciudad, de esta manera se ganaba la vida. A medida que envejecían se volvieron más tristes y más tristes de no tener hijos.

—Cuando estemos tan viejos. ¿Quién cuidará de nosotros? —La esposa le decía de vez en cuando.

—No te preocupes, vieja. Dios no nos abandona. Él vendrá en nuestra ayuda en su momento—, respondió el anciano.

Un día, en pleno invierno, se fue al bosque a cortar leña y su esposa vino a ayudarle. El frío era intenso y ellos estaban casi congelados.

—No tenemos ningún niño—, dijo el leñador a su esposa. —Vamos a hacer una pequeña “snegurochka” para divertirnos—

Ellos empezaron a rodar las bolas de nieve juntos, y en poco tiempo que había hecho una “snegurochka” tan hermosa que ninguna pluma puede describirla. El viejo y la vieja, la miraron y se pusieron aún más tristes.

—Si el buen Dios nos enviara una niña para compartir nuestra vejez!—, Dijo la vieja.

Pensaban en ello tan fuerte que de repente sucedió un milagro. Miraron a su doncella de nieve, y se asombraron de lo que vieron. Los ojos de la doncella de nieve brillaban, una diadema tachonada de piedras preciosas brillaba como el fuego en su cabeza, una capa de brocado cubría los hombros, botas bordadas aparecieron en sus pies.

La pareja de ancianos miraba y no cría en sus ojos. Entonces la niebla de la respiración se abrió paso separando los labios rojos de la Snegurochka; tembló, miró a su alrededor, y dio un paso adelante.

La pareja de ancianos se quedó estupefacta, pensaron que estaban soñando. Snegurochka se acercó a ellos y dijo:

—¡Buenos días, gente amable, no se asusten! Seré una niña buena para ustedes, la alegría de tu vejez. Me honran ustedes como padre y madre.

—Mi hija querida, que sea como usted desea, —respondió el viejo—. Venga a casa con nosotros, nuestra ansiado niña!— Le tomaron las manos blancas y la sacaron del bosque.

Mientras caminaban, los pinos se balanceaban diciendo adiós a Snegurochka, con su murmullo le deseaban un buen viaje, y una vida feliz.

La pareja de ancianos trajeron a Snegurochka a su choza de madera, su isba, y ella comenzó su vida con ellos, ayudándoles a hacer las tareas. Ella siempre fue muy respetuosa, nunca los contradijo, y no pudieron ellos dejar de alabarla lo suficiente, no se cansaban de mirarla, ella era tan buena y tan hermosa.

Snegurochka, sin embargo, preocupaba sus padres adoptivos. Ella no acompañaba en todas sus conversaciones y su carita estaba siempre pálida, tan pálida que no parecía que ella tuvieran una gota de sangre, pero sus ojos brillaban como estrellas pequeñas. Y su sonrisa! Cuando sonreía se iluminaba la isba como un regalo de rublos.

Vivieron juntos y paso el tiempo. La pareja de ancianos no pudieron regocijarse lo suficiente en su pequeña hija, don de Dios.

Un día, la anciana dijo a Snegurochka: —Mi hija querida, ¿por qué eres tan tímida? ¿Por qué no ves amigos?, siempre estar con nosotros, los viejos, debe ser pesado para usted. ¿Por qué no sales y juegas con tus amigos, y ves otra gente? Usted no debe pasar todo su tiempo con nosotros, en su joven edad.

—No tengo ningún deseo de salir, madre mía, —respondió Snegurochka—. Estoy feliz aquí.

El carnaval llegó. Las calles estaban llenas de paseantes, con cantos desde la mañana temprano hasta tarde en la noche. Snegurochka, vio los festejos a través de los cristales de las ventanas poco congeladas. Vio … y, finalmente, no pudo resistir más, le dio a la vieja mujer, se puso el pequeño cabo, y salió a la calle para unirse a la multitud.

En el mismo pueblo vivía una joven llamada Kupava. Ella era una verdadera belleza, como las cejas oscuras como las alas del cuervo, piel blanca como la leche, labios arqueados y rojos como la sangre.

Un día, un rico comerciante paso por la ciudad. Su nombre era Mizgir, y él era joven y alto. Vio Kupava y a ella le gustó. Kupava no era nada tímida, era insolente y nunca rechazó una invitación a pasear.

Mizgir se detuvo en la aldea, llamado a todas las jóvenes, les dio los frutos secos y pan de especias, y bailó con Kupava. A partir de ese momento nunca abandonó la ciudad, y, debe decirse, pronto se convirtió en la amante de Kupava. Kupava se volvió la reina de la ciudad, paseándose en terciopelos y las sedas, sirviendo vinos dulces a los jóvenes y las doncellas de vida alegre.

El primer día que Snegurochka paseaba en la calle, conoció a Kupava, que presentó a todos sus amigos. A partir de entonces Snegurochka salió con más frecuencia y miró los otros jóvenes. Un niño, un pastor, le agradó. Se llamaba Lel. Snegurochka le gustaba demasiado, y se convirtieron en inseparables. Siempre que las chicas salían a pasear y cantar, Lel corría al isba de Snegurochka, toca en la ventana y le decía: —Snegurochka, querida, ven y únete a la danza.— Una vez que se presentaba, nunca salía de su lado.

Un día Mizgir llegó a la aldea mientras las doncellas bailaban en la calle. Se unió con Kupava e hizo reír a todos. Se dio cuenta de Snegurochka y ella le gustó, era tan pálida y tan bonita! A partir de entonces Kupava le pareció demasiado oscura y demasiado pesada. Pronto la encontró desagradable. Las peleas y escenas estallaron entre ellos y Mizgir dejó de verla.

Kupava estaba desolada, pero ¿qué podía hacer? Uno no puede por favor o por la fuerza revivir el pasado! Ella notó que Mizgir a menudo regresaron a la aldea e iba a la casa de los padres ancianos de Snegurochka. El rumor voló de que Mizgir que había pedido la mano de Snegurochka en matrimonio.

Cuando Kupava supo esto, su corazón se estremeció. Corrió al isba de Snegurochka, le reprochó, la insultó, la llamó víbora, una traidora, hizo una escena que había que obligarla largarse.



—Iré al zar!—, Gritó. —No voy a sufrir esta deshonra. No hay ninguna ley que permita que un hombre se comprometa con una doncella para luego tirarla a un lado como un trapo inútil! —

Así Kupava fue a la zar para pedir su ayuda contra Snegurochka, quien insistió había robado a su amante.

Zar Berendei gobernaba este reino, era un zar bueno y amable que amaba la verdad y velaba por todos sus súbditos. Escuchó Kupava y ordenó Snegurochka ante él.

Los enviados del Zar llegó a la aldea con una proclama ordenando Snegurochka a comparecer ante su señor.

—Buenos súbditos del Zar! Escucha bien y nos dicen donde vive la soltera Snegurochka. El Zar la cita a ella! Permita que se prepare a toda prisa! Si ella no viene por su voluntad, la llevaremos por la fuerza!

Los antiguos leñadores se llenaron de temor. Pero la palabra del zar era ley. Ellos ayudaron a hacer preparar a Snegurochka sus cosas y decidieron acompañara, para presentarse ante el zar.

Zar Berendei vivía en un palacio magnífico, con paredes de roble macizo y puertas de hierro forjado, una gran escalera condujo a grandes salas donde las alfombras de Bujara cubría el suelo y los guardias estaban en caftanes escarlata brillante, con ejes. Todo el amplio patio estaba lleno de gente.

Una vez dentro del suntuoso palacio, se quedó asombrado la pareja de ancianos y Snegurochka. Los techos y arcos cubiertos de pinturas, la placa precioso alineados en las estanterías, a lo largo de las paredes corrió bancos cubiertos con alfombras y brocados, y en estos bancos estaban sentados los boyardos con sombreros altos de piel de oso con adornos de oro. Los músicos tocaban música intrincada en sus tímpanos. En el otro extremo de la sala, el zar Berendei se mantenía erguido en su trono dorado y esculpidos. Alrededor de él había guardaespaldas en caftanes blanco como la nieve, manteniendo los ejes de plata.


La barba blanca del Zar Berendei era tan larga que caía hasta su cinturón. Su sombrero de piel era el más alto, su caftán de brocado precioso bordado con joyas y con oro.

Snegurochka estaba asustada, ella no se atrevía a dar un paso ni a levantar los ojos.

Zar Berendei le dijo: —Ven, doncella, acércate, Snegurochka. No tenga miedo, responde mis preguntas. ¿Tu cometisteis el pecado de separar dos amantes, después de que este robara el corazón de su amada Kupava? ¿Tu coqueteaste con él con la intención de casarse con él? Asegúrete de que me digas la verdad!

Snegurochka se acercó al Zar, hizo una profunda reverencia, se arrodilló ante él, y dijo la verdad, que no tenía la culpa, ni en el cuerpo, ni en alma, es cierto que el comerciante Mizgir la había pedido en matrimonio, pero ella se había negado a dar su la mano.

Zar Benendei Snegurochka tomó las manos para ayudar a levantarse, miró a los ojos y dijo: —Veo en tus ojos, niña hermosa, que dices la verdad, que esto en ninguna parte es tu culpa. Ir a casa ahora en paz y no te molestare!

Y el Zar deja salir a Snegurochka con sus padres adoptivos.

Cuando Kupava enteró de la decisión del Zar se volvió loca de dolor. Ella rasgó su sarafan, rompió su collar de perlas de su cuello blanco, corriendo de su isba y se tiró en el pozo.

Desde ese día, Snegurochka se puso más triste y más triste. Ya no salió a la calle a pasear, ni siquiera cuando Lel, le rogaba venir.

Mientras tanto, la primavera había regresado. El sol glorioso se elevó más y más, la nieve se derritió, brotó la hierba, los arbustos se puso en verde, los pájaros cantaban y hacían sus nidos. Pero cuanto más brillaba el sol, más pálida y triste Snegurochka se volvía.

Una bella mañana de primavera Lel llegó a pequeña ventana Snegurochka y le rogó a salir con él, sólo una vez, por un momento. Durante mucho tiempo Snegurochka se negó a escuchar, pero finalmente su corazón no pudo resistir los motivos Lel, y ella se fue con su amado hasta el extremo de la aldea.

—Lel, oh mi Lel, toca tu flauta para mí solo!—, pidió. Se puso de pie antes de Lel, apenas viva, con los pies hormigueo y ni una gota de sangre en su rostro pálido!

Lel sacó su flauta y comenzó a tocar la tonada favorita de Snegurochka.

Ella escuchó la canción, y las lágrimas rodaron de sus ojos. Entonces, sus pies se derritieron bajo ella, y ella cayó sobre la tierra húmeda, y de pronto desapareció.

Lel vio nada más que una ligera niebla que se elevaba donde había caído. Un vapor Rosa que desapareció lentamente en el cielo azul.


FIN

martes, 16 de abril de 2013

LA DONCELLA SABIA




Érase un pobre huérfano que se quedó sin padres a los pocos años y carecía de bienes de fortuna y de talento. Su tío se lo llevó a casa, lo sostuvo y cuando lo vio un poco crecido lo puso a guardar un rebaño de ovejas. Y un día, queriendo probar su talento, le dijo:
- Lleva el rebaño a la feria y mira de sacar todo el provecho posible, de modo que con las ganancias tú y el rebaño podáis vivir; pero has de volver a casa con el rebaño completo, sin que falte una cabeza, y con el dinero que hayas sacado de cada oveja.
- ¿Cómo me las arreglaré para eso? -pensaba el huérfano, sentado al lado del camino mientras el rebaño pacía por el campo.
Una hermosa doncella acertó a pasar por allí y viendo al muchacho tan pensativo, le preguntó:
- ¿En qué piensas, buen mozo?
- ¿No he de pensar? Mi tío me ha armado un lazo para perderme. Me ha encargado una cosa que, por más que me devano los sesos, no sé cómo voy a cumplirla.
- ¿Qué te ha encargado?
- Verás. Me ha dicho: "Lleva el rebaño a la feria y saca de él todo el provecho posible, de modo que tú y el rebaño podáis vivir; pero vuelve a casa con el rebaño completo, sin que falte una cabeza, y con el dinero que hayas sacado de cada oveja".
- Eso no es muy difícil -dijo la doncella.- Esquila las ovejas y vende la lana y sacarás provecho de cada una; el rebaño quedará completo y tú podrás vivir con el dinero.
El zagal dio las gracias a la doncella y siguió su consejo. Esquiló las ovejas, vendió la lana en el mercado, volvió con el rebaño a casa y entregó el dinero a su tío.
- Perfectamente - dijo su tío,- pero juraría que no ha salido eso de tu mollera. ¿Quién te lo ha enseñado?
- Es verdad -confesó el joven,- no ha salido de mi mollera; pero me encontré a una hermosa doncella que me lo enseñó.
- Pues harías bien en casarte con esa inteligente doncella. Sería una fortuna para ti, que no tienes dónde caerte muerto ni que esperar mucho de tu talento.
- No me disgustaría casarme con ella -contestó el sobrino.
- Yo lo arreglaré todo, pero antes habrías de hacerme un favor. Coge el trigo y llévalo a vender al mercado. Cuando regreses, si lo has vendido bien te casaré con esa doncella.
El huérfano fue al mercado a vender el trigo de su tío. Por el camino encontró a un rico molinero.
- ¿A qué vas a ir ciudad? -le preguntó el molinero.
- Voy al mercado a vender el trigo de mi tío.
- Entonces iremos juntos.
Y siguieron juntos, el molinero en su birlocha tirado por un caballo castaño y gordo, el huérfano en su carrito tirado por una yegua torda y trasijada. Se detuvieron en campo raso para pasar allí la noche, desengancharon las bestias y los hombres se echaron a dormir. Y sucedió que aquella misma noche, a la yegua le nació un potrillo. El rico molinero se despertó antes que el huérfano, vio el potrillo y lo puso al lado de su yegua castaña. Cuando despertó el huérfano, empezaron a discutir.
- No es tuyo, sino mío -decía el codicioso molinero,- porque tu yegua lo ha dejado debajo de mi castaño.
Siguieron discutiendo hasta que resolvieron llevar el asunto a los tribunales y al llegar a la ciudad se dirigieron al palacio de justicia. Pero el juez les dijo:
- Es costumbre en esta ciudad que cuando alguien quiere resolver un asunto ante los tribunales de justicia, ha de adivinar primero cuatro acertijos. A ver decidme: ¿cuál es la cosa más fuerte y más ligera del mundo; cuál es la cosa más pingüe de este mundo; y cuál es la cosa más blanda y la cosa más dulce de este mundo?
El juez les dio tres días para pensar y dijo:
- Si adivináis mis acertijos seré juez entre vosotros según la ley: de lo contrario no os ofendáis si os mando a freír espárragos.
El molinero fue a ver a su mujer y le contó lo sucedido, repitiéndole los acertijos que se trataba de adivinar.
- Esos acertijos no son un enigma -contestó la mujer.- Si te preguntan qué es lo más fuerte y ligero del mundo, di que mi padre tiene un caballo negro tan fuerte y tan ligero de piernas que corre más que una liebre. Si te preguntan qué es lo más pingüe del mundo, acuérdate del verraco que estamos cebando y que no puede tenerse en pie de tan gordo. Y en cuanto al tercer acertijo, claro está que nada hay tan blando como la almohada. Y si te preguntan por lo más dulce del mundo, contesta: "¿Puede haber para un hombre algo más dulce que la mujer de su corazón?"
Pero el huérfano se alejó de la ciudad y se sentó junto a un camino a reflexionar sobre su desgracia, pues en vano se calentaba los cascos buscando descifrar lo que para él eran verdaderos enigmas. Y he aquí que acertó a pasar por el camino la misma doncella.
- ¿Por qué vuelves a estrujarte los sesos, buen mozo?
- Porque el juez me ha propuesto cuatro acertijos que no lograré descifrar aunque viva mil años.
La doncella se rió y le dijo:
- Preséntate al juez y dile que lo más fuerte y ligero del mundo es el viento, que lo más pingüe es la tierra porque alimenta todo lo que vive y crece sobre ella; que lo más blando es la palma de la mano, pues por blando que duerma el hombre siempre pone la mano bajo la cabeza, y que no hay nada ten dulce en el mundo como un dulce sueño.
El pobre huérfano se inclinó ante la doncella hasta la cintura y le dijo:
- ¡Gracias, oh, la más inteligente de las doncellas, por haberme salvado de una verdadera ruina!
Al tercer día, el molinero y el huérfano se presentaron ante el tribunal a contestar los acertijos. Y dio la casualidad de que el Zar en persona ocupaba la presidencia del estrado y quedó tan admirado de las contestaciones del huérfano, que ordenó que la causa se fallara a su favor y que se expulsara al molinero con vilipendio. Luego el Zar preguntó al huérfano:
- ¿Son hijas de tu ingenio esas contestaciones o te las ha dictado alguien?
- En honor a la verdad he de decir que no son mías; una hermosa doncella me las ha dictado.
- Pues te ha instruido bien; muy sabia debe de ser. Anda y dile de mi parte que si es tan inteligente y sensata, comparezca ante mí mañana: ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida y con un presente en sus manos que no sea un regalo. Si cumple mi deseo, el galardón que obtendrá será digno de un Zar y la elevaré sobre lo más alto.
El huérfano volvió a salir de la ciudad tan apurado como antes, porque se decía: "¡Pero si no tengo la menor idea del lugar donde puedo encontrar a la hermosa doncella! ¡Y vaya un encarguito que tengo para ella!" Apenas acababa de pensar esto, cuando pasó por allí la inteligente y hermosa doncella. El huérfano le contó cómo sus adivinanzas habían complacido al Zar y cómo éste deseaba verle y tener una prueba de su inteligencia, y cómo había prometido galardonarla. La doncella pensó un poco, y luego dijo al huérfano:
- Búscame un chivo de larga barba y una red grande y cógeme un par de gorriones. Mañana nos encontraremos aquí mismo, y si el Zar me da un premio nos lo partiremos.
El huérfano cumplió las órdenes de la doncella y la esperó al día siguiente junto al camino. La doncella se presentó, se quitó la túnica y se envolvió en la red de cabeza a pies; luego se sentó sobre el chivo, cogió un gorrión en cada mano, y ordenó al huérfano que guiase en dirección a la ciudad. El joven la llevó ante el tribunal donde esperaba el Zar, y ella inclinándose ante éste, le dijo:
- Ante ti me presento, soberano Zar, ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida, y te traigo un presente en mis manos que no es un regalo.
- ¿Dónde está? -preguntó el Zar.
- ¡Mira! -dijo ella presentando al Zar los dos gorriones; pero cuando el Zar alargó la mano para tomarlos de manos de la doncella, los gorriones abrieron las alas y escaparon volando.
- Bien dijo el Zar,- veo que puedes competir conmigo en talento. Quédate en la corte y cuida de mis hijos y te daré una buena recompensa.
- No, mi soberano señor y Zar, no puedo aceptar tu gracioso favor, porque he prometido a este joven que nos partiríamos el premio por sus servicios.
- Vamos a ver: eres muy inteligente e ingeniosa, pero en esta ocasión te falla la cabeza y no juzgas conforme a la razón. Te ofrezco un cargo honroso y elevado con una gran recompensa. ¿Por qué no puedes compartir el galardón con ese joven?
- ¿Pero cómo podría compartirlo?
- ¿Cómo, inteligente doncella? Pues, si ese buen mozo no te es indiferente, casándote con él, ya que el honor, la suerte, las penas y las alegrías se comparten entre marido y mujer por igual.
- Veo que eres un sabio, soberano Zar, y no quiero hacerte hablar más -dijo la hermosa doncella.
Se casó, pues, con el huérfano, y aunque éste no tenía mucha cabeza tenía en cambio mucho corazón y vivió con su sabia mujer en continua felicidad y armonía.



FIN 

El sueño profético



Vivía en cierto tiempo un comerciante que tenía dos hijos: Dimitri e Iván. Una vez les dio los buenos noches y los mandó a dormir diciendo:
- Hijos, mañana me diréis lo que hayáis soñado, y el que me oculte su sueño no espere nada bueno.
Al día siguiente, el hijo mayor fue a ver a su padre y le dijo:
- He soñado, padre, que mi hermano Iván subía al cielo arrebatado por veinte águilas.
- Está bien -contestó el padre,- y, tú, Iván, ¿qué has soñado?
- Una cosa tan insensata, padre, que es imposible explicarla.
- ¿Qué quieres decir? ¡Habla!
- No, no quiero hablar.
El padre se indignó y resolvió castigar a su hijo por desobediente. Llamó a los criados y les ordenó que se llevasen a Iván, lo desnudasen y atasen a un poste en la encrucijada. Dicho y hecho. Los criados cogieron a Iván y se lo llevaron muy lejos, a un lugar donde se cruzaban siete caminos, lo ataron de pies y manos al poste y lo abandonaron a su suerte. El pobre muchacho lo pasó muy mal. El sol lo achicharraba, los mosquitos y las moscas le chupaban la sangre, el hambre y la sed lo atormentaban.
Afortunadamente, acertó a pasar por uno de los siete caminos un joven Zarevitz que, al ver al hijo del comerciante, se compadeció, y ordenó a sus criados que lo desatasen, le dio uno de sus vestidos y lo salvó de una muerte segura. El Zarevitz se llevó a Iván a la corte, le dio de comer y de beber y le preguntó quién lo había atado al poste.
- Mi mismo padre, que estaba enojado conmigo.
- ¿Y por qué? Sin duda no sería leve tu falta.
- Es cierto. No quise obedecerle. Me negué a contarle lo que había soñado.
- ¿Y por una cosa tan insignificante te condenó a una muerte tan cruel? ¡El muy bandido! Seguramente ha perdido el juicio. ¿Y qué soñaste?
- Soñé algo que no puedo decirte ni aun a ti, ¡oh, Zarevitz!
- ¡Cómo! ¿Que no puedes decírmelo a mí, que soy el Zarevitz? ¿A mí, que te salvé de una muerte cruel no puedes decirme una cosa tan sencilla, ni en prueba de agradecimiento? ¡Habla enseguida si no quieres que te ocurra algo que te hará arrepentir!
- No, Zarevitz. Mantengo mi palabra. Lo que no dije a mi padre no te lo diré a ti.
Arrebatado de ira, el Zarevitz se puso a gritar llamando a sus criados y les ordenó:
- ¡Cogedme a este villano, cargadlo de cadenas y encerradlo en la más negra mazmorra!
Los criados no lo pensaron dos veces. Cogieron a Iván, lo encadenaron de pies y manos y lo llevaron al calabozo.
Pasado algún tiempo, el Zarevitz determinó casarse con la tres veces sabia Elena, la primera doncella en belleza y talento sobre la tierra, y hechos los preparativos, emprendió el viaje al extranjero para casarse con la tres veces sabia Elena. Y sucedió que la víspera de su marcha, su hermana la Zarevna, se paseaba por el jardín no lejos del tragaluz que dejaba pasar un poco de claridad a la mazmorra donde estaba encerrado Iván, el cual vio a la Zarevna a través de los barrotes y lo gritó con voz lastimera,
- Madrecita Zarevna, tu hermano no podrá casarse sin mi ayuda.
- ¿Quién eres tú? -inquirió la Zarevna. Iván dio su nombre y añadió:
- Supongo, Zarevna, que estás enterada de los ardides y engaños que usa la tres veces sabia Elena. Muchas veces he oído decir que manda a sus pretendientes al otro mundo; ¡créeme cuando te digo que tampoco tu hermano podrá casarse con ella sin mi ayuda!
- ¿Y tú puedes ayudar al Zarevitz?
- No sólo puedo sino que estoy dispuesto a hacerlo con mucho gusto, pero el halcón que tiene las alas atadas no puede volar.
La Zarevna mandó que lo desatasen y lo pusieran en libertad, y le dio autorización para hacer lo que quisiera mientras fuese en ayuda del Zarevitz. Lo primero que hizo Iván fue elegir sus compañeros: todos habían de ser jóvenes y todos tan parecidos entre sí que se les pudiera tomar por hermanos gemelos. A todos les dio un vestido idéntico, hizo que se arreglasen la barba y se peinasen de la misma manera; les dio a cada uno un caballo del mismo color y que no se diferenciaban entre sí ni en un pelo, montaron y emprendieron la marcha. Doce eran los compañeros de Iván, el hijo del comerciante. Cabalgaron un día y otro día y otro, hasta que llegaron a un bosque e Iván les dijo:
- ¡Alto, hermanos! Estamos cerca de un precipicio, y al borde, del abismo hay un árbol hueco sin ramas. He de ir a buscar mi fortuna al hueco de ese tronco.
Se adelantó, pues, en busca del árbol, metió la mano en el hueco del tronco y sacó un gorro que tenía la virtud de hacer invisible al que lo llevaba. Lo guardó en su seno y, volvió al lado de sus compañeros.
Y llegaron por fin al reino de la tres veces sabia Elena, se dirigieron a la ciudad y allí encontraron al Zarevitz a quien rogaron:
- Tómanos a tu servicio, Zarevitz, y te serviremos como un solo hombre
El Zarevitz reflexionó un momento y se dijo: "Sería tonto no tomar a mi servicio a tan gallardos jóvenes. En tierra extraña, pueden serme de gran utilidad". Y a cada uno de ellos asignó un cargo: a uno lo nombró su escudero, a otro su cocinero, y ordenó a Iván que nunca se alejase de su lado.
Al día siguiente, se vistió el Zarevitz en traje de ceremonia y fue a pretender la mano de la tres veces sabia Elena. Ella le dispensó una cortés acogida, lo obsequió con exquisitos manjares, y luego le dijo:
- No me disgusto ser tu mujer, pero antes es preciso que demuestres tus méritos. Si cumples mis encargos, seré tu fiel esposa; pero si no los cumples, tu altiva cabeza caerá de tus hombros,
- ¿Por qué asustarse antes de tiempo? ¡Dime lo que he de hacer, tres veces sabia Elena!
- He aquí mi primer encargo: He de tener acabado para mañana lo que no te diré y para lo que yo no sé; dame una prueba de tu inteligencia trayéndome su parigual.
El Zarevitz salió del palacio cabizbajo. Pero Iván le salió al encuentro y le dijo:
- Confiésame la causa de tu pena, Zarevitz, y saldrás ganando.
- Pues, mira -dijo el Zarevitz,- que Elena me ha encargado algo que no hay hombre, por sabio que sea, que lo pueda cumplir. -Y le contó lo sucedido.
- ¡Después de todo -le contestó Iván,- no es una cosa tan difícil! Reza y échate a dormir, que la almohada es buena consejera y mañana resolveremos el asunto.
El Zarevitz se echó a dormir, pero Iván, el hijo del comerciante, se puso el gorro invisible, se dirigió corriendo al palacio y atravesando salas y más salas llegó al dormitorio de la tres veces sabia Elena a tiempo para oír las órdenes que ella daba a su doncella de confianza.
- Lleva este tejido de oro a mi zapatero que me haga un par de zapatos lo antes posible.
La doncella salió corriendo con todas sus fuerzas, y tras ella salió Iván. El zapatero puso enseguida manos a la obra y trabajaba tan aprisa, que parecía que el trabajo le quemase los dedos. Machacaba la suela con su martillo y cosía la tela con su lezna, y en poco tiempo quedó listo un zapato que dejó en la ventana. Iván, el hijo del comerciante, cogió el zapatito y se lo escondió en el seno. El zapatero estaba consternado: ¿Qué significaba aquello? El zapato había desaparecido ante sus ojos. Lo buscó en vano por todos los rincones,
- ¿Qué misterio es éste? -pensó.- ¿Es posible que el espíritu maligno quiera tomarme el pelo?
Viendo que nada podía remediar lamentándose, volvió a sentarse al trabajo y acabó el otro zapato, que mandó por la criada a la tres veces sabia Elena. Pero Iván corrió tras la criada, se introdujo invisiblemente en el palacio, se puso detrás de la sapientísima Elena y vio que ésta se sentaba a la mesa y empezaba a recamar el zapatito con realces de oro, incrustándole perlas y piedras preciosas. Iván, el hijo del comerciante, sacó el otro zapato y se puso a hacer lo mismo, poniendo una perla cuando ella ponía una perla y cogiendo una gema igual a la que ella cogía. La tres veces sabia Elena acabó la labor y contempló su obra con honda admiración, sonriendo al pensar: "¡Ya veremos qué me presentará mañana el Zarevitz!"
Iván, el hijo del comerciante, despertó al Zarevitz muy temprano y sacando de su seno el zapato, le dijo mientras se lo entregaba:
- Cuando te presentes a tu dama, ofrécele este zapatito y tendrás realizada tu primera prueba.
El Zarevitz se bañó, se atavió y fue a ver a su dama. Encontró sus habitaciones llenas de boyardos y magnates, y todos sus consejeros que estaban ya reunidos sin que faltase ni uno. Sonó la música, se abrieron las puertas de las habitaciones interiores y apareció la tres veces sabia Elena, avanzando como un cisne blanco, repartiendo saludos a todos lados y dedicando la más profunda inclinación al Zarevitz. Luego sacó de su bolso el zapatito recamado de perlas y piedras preciosas y miró al Zarevitz con una sonrisa burlona, y todos los boyardos, los magnates y los consejeros del palacio fijaron su vista en el mismo Zarevitz. Y éste dijo a la tres veces sabia Elena:
- Tu zapatito es muy bonito, pero de nada te sirve si no tienes su parigual. Pues bien, aquí tienes, el otro que es exacto.
Y sacando del bolsillo el zapato lo puso al lado del otro. Todo el palacio prorrumpió en una exclamación admirativa, y los boyardos, magnates y consejeros gritaron a una voz:
- ¡Tú eres digno, Zarevitz, de casarte con la tres veces sabia Elena!
- No tan pronto, por favor -dijo la Zarevna;- veamos si sale bien de la segunda prueba. Te esperaré mañana aquí mismo, Zarevitz, y hazte cargo de lo que voy a mandarte: Yo tendré algo inexplicable envuelto en plumas y piedras; trae también algo semejante desconocido, envuelto en plumas y piedras.


 El Zarevitz salió del palacio más triste que la vez primera, pensando: "Poco tiempo le queda a mi cabeza de estar sobre mis hombros". Y de nuevo lo encontró Iván, el hijo del comerciante, y lo consoló con una sonrisa amistosa y diciendo:
- ¡Vamos, Zarevitz! ¿Por qué estar triste? Reza y échate a dormir, que la almohada es buena consejera.
Y apenas el Zarevitz se fue a dormir, Iván se puso el gorro invisible y llegó al palacio en el momento en que la Zarevna daba esta orden a su criada:
- Ve al gallinero y tráeme un pato.
La criada fue corriendo al gallinero y cogió un pato, pero Iván que le iba detrás, cogió un ánade y se lo guardó en el seno, volviéndose los dos por el mismo camino. Las tres veces sabia Elena se sentó de nuevo a la mesa, cogió el pato, adornó sus alas con cintas y su cola con amatistas, y le puso un collarín de perlas. Iván lo vio todo e hizo lo mismo con su ánade.
Al día siguiente, el Zarevitz fue al palacio, donde ya estaban reunidos todos los boyardos y magnates. Sonó la música, se abrieron las puertas y apareció la tres veces sabia Elena, magnífica como un pavo real. Detrás de ella venían las damas de honor con una bandeja de oro y todos vieron que bajo el blanco paño que cubría la bandeja se movía algo. Lentamente, la Zarevna levantó el paño, cogió el pato y dijo al Zarevitz:
- Y bien, ¿descifraste mi acertijo?
- ¿Cómo no descifrarlo? -contestó el Zarevitz.- ¿Puede haber algo más sencillo que ésto?
Y metiendo la mano en su sombrero, sacó su ataviado ánade,
Todos prorrumpieron en una exclamación admirativa, gritando a una voz:
- ¡Magnífico, Zarevitz! ¡Eres realmente digno de tener por mujer a la tres veces sabia Elena!
Pero ella frunció la cejas y dijo:
- ¡Un poco de paciencia! Que realice la tercera prueba. Si tan listo es, que me traiga tres cabellos de la cabeza y tres pelos de la barba de mi abuelo, el rey del Mar, y entonces estaré dispuesta a casarme con él.
El Zarevitz regresó a casa mucho más triste que nunca, sin querer mirar ni escuchar a nadie.
- ¿Por qué apurarse, Zarevitz? -le murmuró al oído Iván, el hijo del comerciante.- Todo se arreglará.
Y en un momento se plantó en el palacio con el gorra invisible, viendo que la tres veces sabia Elena se preparaba para emprender un viaje en su carroza hacia el mar azul. Nuestro Iván ocupó un puesto en la carroza de manera invisible y los fogosos caballos del Zar los llevaron en un santiamén a la orilla del mar.
Allí, la tres veces sabia Elena se sentó en una piedra que había bajo una roca y, vuelta de cara al mar azul, empezó a llamar a voces a su abuelo, el rey del Mar. El mar azul se agitó como en una tempestad, a pesar de la calma que reinaba, se levantaron montañas de espuma que se acercaron a la orilla y de entre ellas emergió, con agua hasta la cintura, el viejo abuelo. En su cabeza, manojos y manojos de rizos blancos brillaban como plata al sol, chorreándole los mechones que caían sobre sus sienes; pero cubría su rostro una barba espesa de hebras de oro como algas. Venía montado sobre una ola que lo dejó en la orilla cubriéndole el cuerpo hasta la cintura, apoyó en una piedra sus manos, que parecían patas de ganso, puso sus verdes ojos en los de la tres veces sabia Elena y gritó:
- ¡Hola, nieta de mis suspiros! ¡Cuánto tiempo sin verte! Anda, haz el favor de peinarme.
Y descansando su revuelta cabeza en las rodillas de su nieta, cerró los ojos en un dulce sueño. La tres veces sabia Elena empezó a jugar con sus cabellos alisándolos, para enroscárselos luego como caracoles con sus finos dedos, mientras murmuraba palabras al oído del viejo, deseándole sueños agradables, y cuando vio que su abuelo, estaba dormido, le arrancó tres hebras de plata de la cabeza. Pero Iván alargó la mano sin ser visto y le arrancó un mechón.
El abuelo se despertó, y mirando a su nieta, dijo en tono soñoliento:
- ¿Te has vuelto loca? ¡Me has hecho un daño horrible!.
- ¡Perdón, abuelito -replicó la tres veces sabia Elena.- Pero hacía tanto tiempo que no te peinaba, que estás muy desgreñado!
Pero el abuelo no oyó las últimas palabras, porque ya roncaba, y entonces la Zarevna le arrancó tres pelos de la barba. Iván, el hijo del comerciante, no quiso ser menos y tirando con fuerza le arrancó un manojo. El viejo del mar se despertó, bramó como un buey y se sumergió en el agua no dejando en la superficie más que espumas.
Al día siguiente, la Zarevna entró en el palacio pensando: "¡Ahora sí que el Zarevitz no se escapa de mis manos!" Y enseñó al Zarevitz los tres cabellos de plata y los tres pelos de oro.
- ¿Y qué? ¿Ha logrado el Zarevitz proporcionarme algo tan maravilloso como ésto?
- ¡La Zarevna me parece que exagera el mérito! Manojos de esas fruslerías te dará si quieres.
Y todo el palacio prorrumpió en gritos de admiración cuando el Zarevitz mostró los cabellos del abuelo. La tres veces sabia Elena se indignó, corrió a su aposento y consultando sus libros de magia descubrió que no era el Zarevitz el adivino y sabio, sino su criado favorito Iván, el hijo del comerciante. Volvió, pues, a la sala de recepción y dijo en tono de suave y falsa persuasión:
- No has adivinado mis acertijos ni has cumplido mis encargos por ti solo, Zarevitz, sino con la ayuda de tu criado favorito Iván. Me gustaría conocer a ese joven bondadoso. Tráemelo enseguida.
- No tengo un criado sino doce, Zarevna.
- ¡Pues traedme al llamado Iván!
- Todos se llaman Iván.
- Pues que vengan todos -ordenó ella, porque pensaba: "Ya descubriré yo al culpable".
El Zarevitz mandó a llamar a sus criados y los doce jóvenes comparecieron en la corte. Todos tenían el mismo aspecto y la mismo estatura; sus voces eran iguales y entre ellos no había ni un pelo de diferencia.
- ¿Cuál de vosotros es el principal?
Todos gritaron a un tiempo:
- ¡Yo soy el principal, yo soy el principal!
"Bueno -pensó Elena- veo que no os puedo coger con esto; pero ya daré en el clavo".
Mandó que le trajeron once copas ordinarias y una de oro puro. Ella misma las llenó de vino y se las ofreció a los jóvenes invitándoles a beber. Pero ninguno quiso ni mirar a las copas ordinarias y todos alargaron la mano para coger la de oro, armando tal algarabía, que nadie se entendió y todo el vino se derramó por el suelo. La Zarevna comprendió que le había fallado la treta e invitó a los criados del Zarevitz a pasar la noche en palacio. Los trató a cuerpo de rey y les preparó lechos muy blandos, y cuando los doce jóvenes dormían como troncos, la tres veces sabia Elena se introdujo en el dormitorio que les había destinado y examinando su libro de magia descubrió al momento cuál de ellos era Iván, el hijo del comerciante. Entonces cogió sus tijeras y cortó unos rizos de la sien izquierda del indicado, pensando para sí: "Con esta señal te conoceré mañana y te castigaré".
Pero al día siguiente, Iván, el hijo del comerciante, se despertó antes que nadie y al posarse la mano por la cabeza notó que le habían cortado el pelo. Inmediatamente saltó de la cama y despertó a todos sus compañeros:
- ¡Pronto, hermanos, coged vuestras navajas y cortaos los rizos!
Al cabo de una hora los llamaron a presencia de la tres veces sabia Elena, que al ver que todos los jóvenes tenían los rizos cortados de la mismo manera, se enfureció, tiró al fuego el libro de magia y llamó al Zarevitz para decirle:
- ¡Seré tu mujer, ya puedes preparar la boda!
El Zarevitz llamó a sus fieles criados y dijo a Iván:
- Corre a ver a mi hermana y dile que lo tengo preparado todo para la boda.
Iván fue a ver a la Zarevna, le dio noticias de su hermano y le comunicó su encargo.
- Gracias, buen joven, por tus servicios -dijo la hermana del Zarevitz a Iván.- Dime cómo he de recompensarte dignamente.
- ¿Cómo me has de recompensar? No puedes darme mejor recompensa que encerrarme otra vez en el calabozo.
Y aunque la Zarevna no se dejaba convencer, él insistió en lo mismo.
Llegaron los novios con los boyardos y los magnates y todos los invitados salieron a recibir a lo pareja, deseándoles toda clase de felicidades y ofreciéndoles el pan y la sal de rigor, y eran tantos los reunidos, que se hubiera podido andar sobre sus cabezas.
- ¿Pero dónde está mi fiel servidor Iván, que no lo veo por ninguna parte? -preguntó el Zarevitz.
Y la Zarevna, su hermana, le contestó.
- Tú mismo lo mandaste al calabozo a causa de cierto sueño.
- ¡Pero no puede ser el mismo!
- El mismo es. Só1o lo dejé en libertad para que te ayudase.
El Zarevitz ordenó que llevasen a Iván a su presencia, se le echó al cuello derramando lágrimas y le suplicó que no te guardase rencor.
- ¿Pero no sabes, Zarevitz, que no podía contarte mi sueño porque en él vi por anticipado todo lo que acaba de pasarte? Juzga por ti mismo y dime si no me hubieras tomado por loco, si llego a contártelo todo.
Y el Zarevitz premió a Iván y lo nombró el más grande de su reino. Iván escribió a su padre y a su hermano y desde entonces todos vivieron juntos en buena armonía y en completa felicidad.



FIN

La pluma de Fenist, el halcón radiante



Había una vez un viudo que tenía tres hijas. Las dos mayores eran muy dadas a divertirse y a lucir, pero la menor sólo se preocupaba de los quehaceres domésticos, aunque era incomparablemente hermosa. Un día, el padre tenía que ir a la feria de la ciudad y les dijo:
- Queridas hijas, ¿qué queréis que os compre en la feria?
La mayor de las hijas contestó:
- ¡Cómprame un vestido nuevo!
La mediana contestó:
- ¡Cómprame un pañuelo de seda!
La menor contestó:
- ¡Cómprame un clavel rojo!
El viudo fue a la feria y compró un vestido nuevo para la hija mayor y un pañuelo de seda para la mediana; mas, por mucho que buscó, no pudo encontrar un clavel rojo. Ya estaba de regreso cuando se cruzó en el camino con un viejecito a quien no conocía, y el viejecito llevaba un clavel rojo en la mano. El viudo se alegró mucho al verlo y preguntó al viejecito:
- ¿Quieres venderme ese clavel rojo, viejecito? Y el otro le contestó:
- Mi clavel rojo no se vende, no tiene precio porque es inapreciable; pero te lo regalaré si quieres casar a tu hija menor con mi hijo.
- ¿Y quién es tu hijo, viejecito?
- Mi hijo es el apuesto y valiente guerrero Fenist, el halcón radiante. De día vive en el cielo sobra las nubes y de noche baja a la tierra como un hermoso joven.
El viudo reflexionó. Si no tomaba el clavel rojo infligiría un agravio a su hija, y, si lo tomaba, cualquiera sabía el matrimonio que saldría de aquello. Después de mucho cavilar, aceptó el clavel rojo, porque se le ocurrió pensar que si Fenist, el halcón radiante, que había de ser novio de su hija no le gustaba, siempre habría manera de romper el trato. Pero, apenas el desconocido le hubo entregado el clavel, desapareció para no dejarse ver más. El pobre viudo se apretaba la cabeza con las manos y estaba tan confuso, que ni se atrevía a mirar el clavel rojo, y al llegar a casa dio a sus hijas mayores lo que le habían pedido, y a la menor el clavel rojo, mientras le decía:
- No me gusta tu clavel rojo, hija mía, no me gusta.
- ¿Por qué lo desprecias de esa manera, querido padre? -preguntó ella.
Y el padre le explicó, hablándole al oído:
- Porque tu clavel rojo está encantado; no tiene precio y no puede comprarse con dinero. Para adquirirlo he tenido que ofrecerte en matrimonio al hijo del viejecito que encontré en el camino, a Fenist, el halcón radiante. -Y le contó lo que el viejo le había dicho de su hijo.
- No te apenes, papá -dijo la hija,- y no juzgues a mi prometido por las apariencias, pues aunque venga volando, no por eso lo querremos menos.
Y la hermosa joven se encerró en su aposento, puso el clavel rojo en agua, abrió la ventana y se quedó contemplando el cielo. Apenas había el sol traspuesto el bosque, cuando, sin saber de dónde llegó, raudo, ante la ventana, Fenist, el halcón radiante, agitó su plumaje como un manojo de flores, se pasó en el alféizar, entró volando al aposento, cayó al suelo y se transformó en un apuesto guerrero de belleza incomparable. La doncella se asustó y estuvo a punto de gritar, pero él la cogió suavemente de la mano y la miró con ternura en los ojos, diciendo:
- ¡No temas, amada mía! Cada noche, hasta que nos casemos, vendré volando a tu lado. Siempre que pongas en la ventana el clavel rojo acudiré a la cita. Aquí tienes una plumita de mi alita. Siempre que desees alguna cosa, sal a la galería y agita la plumita en el aire, y lo que desees aparecerá ante ti.
Luego Fenist, el halcón radiante, besó a su prometida y salió por la ventana volando. Dejó tan prendada a la doncella, que desde entonces, cada noche ponía ella el clavel en la ventana, y siempre que esto hacía, Fenist, el halcón radiante, acudía a su lado en forma de un joven guerrero.
Así pasó una semana y llegó el domingo. Las hermanas mayores fueron a la iglesia luciendo sus nuevas prendas, y se burlaron de la hermana menor, diciéndole:
- ¿Y tú qué vas a llevar? No tienes nada nuevo qué lucir.
Y ella les contestó:
- Como no tengo nada, me quedaré en casa.
Pero cuando las hermanas hubieron salido, fue a la galería y agitó al aire la pluma, y sin saber cómo ni de dónde, apareció ante ella una carroza de cristal tirada por hermosos caballos y conducida por lacayos con libreas de oro, que le presentaban un vestido de riquísima seda con bordados de piedras preciosas. La hermosa doncella se sentó en la carroza y fue a la iglesia, y todos la miraban al pasar, admirando su belleza y su esplendor deslumbrante.
- Sin duda ha venido a la iglesia una Zarevna. ¡No hay más que verla! -cuchicheaba la gente entre sí.
Cuando el oficio hubo terminado, la hermosa doncella subió a la carroza y volvió a casa, y al llegar a la galería, agitó la pluma por encima del hombro, y carroza, lacayos y atavíos desaparecieron. Al llegar sus hermanas la vieron sentada junto a la ventana como antes y le dijeron:
- ¡Oh, hermana! ¡No tienes idea de la hermosa dama que ha estado en misa esta mañana! Era algo tan maravilloso que en vano trataríamos de describírtelo.
Transcurrieron otras dos semanas y otros dos domingos causó la hermosa doncella la admiración de sus hermanas, de su padre, y de toda la gente del pueblo. Pero la última vez, al desprenderse ella de los atavíos se olvidó de quitarse la peineta de brillantes. Llegaron sus hermanas de la iglesia, y mientras le estaban hablando de la hermosa Zarevna acertaron a mirar su peinado y exclamaron a una voz:
- ¡Ah, hermanita! ¿Qué llevas ahí?
La hermanita lanzó también una exclamación y huyó a su aposento. Y desde entonces las hermanas empezaron a vigilarla, y escuchando de noche a la puerta de su aposento, descubrieron y vieron como al apuntar el alba, Fenist, el halcón radiante, salía de su ventana y desaparecía entre la espesura del bosque. Y las hermanas la envidiaron y para hacerle mal pusieron en la ventana vidrios rotos y cuchillos afilados, para que Fenist, el halcón radiante, al ir a posarse en el alféizar, se hiriera con los cuchillos. Y aquella noche, Fenist, el halcón radiante, descendió volando y batió en vano sus alas ante la ventana, sin lograr otra cosa que herirse con los cuchillos y cortarse las alas, por lo que tuvo que levantar el vuelo, no sin gritar antes a la hermosa doncella:
- ¡Adiós, hermosa doncella; adiós, amada mía! ¡Ya no me verás más en tu aposento! Búscame en la tierra de Tres Veces Nueve, en el imperio de Tres Veces Diez. ¡El camino es largo, gastarás zapatos de hierro, romperás a pedazos un cayado de acero, consumirás riñones de piedra, antes que llegues a encontrarme, buena doncella!
Y en aquella misma hora, un sueño profundo abatía a la doncella, que oía durmiendo estas palabras y no podía despertar. Se despertó por la mañana y ¡cuál no sería su sorpresa al ver la ventana erizada de vidrios y cuchillos y con manchas de sangre! Pálida y desconsolada se retorció las manos exclamando:
- ¡Oh, desgracia la mía! ¡Han querido matar a mi amado!.
Y sin perder tiempo, se arregló y partió en busca de su amado novio blanco, Fenist, el halcón radiante. La doncella anduvo sin parar, cruzando espesos bosques, espantosos páramos, áridos desiertos, hasta que por fin llegó a una choza desvencijada. Llamó a la ventana y dijo:
- ¡Quienquiera que aquí habite, ruégole que dé albergue por esta noche a una pobre doncella!
Una vieja apareció en la puerta:
- ¡Perdona, hermosa doncella! ¿Adónde vas, palomita?
- ¡Ay, abuela! Voy en busca de mi amado Fenist, el halcón radiante. ¿Puedes decirme dónde lo hallaré?
- No, no lo sé; pero puedes ir a ver a mi hermana mediana y ella te enseñará el camino. Y para que no te pierdas, toma esta pelotita; adonde ruede, síguela.
La hermosa doncella pasó la noche en compañía de la vieja, y ésta al despedirla al día siguiente, le hizo un regalo:
- Toma -le dijo,- aquí tienes una rueca de plata y un huso de oro. Hilaras copos de lino y sacarás hebras de oro. Tal vez llegue un día en que te sea útil.
La doncella tomó el regalo y siguió a la pelota. Si corrió mucho o poco tiempo no importa, el caso es que llegó ante otra choza. Llamó a la puerta y salió la segunda vieja, que después de hacerle unas preguntas y de oír las respuestas, le dijo:
- Tienes que andar mucho aún, doncella, y no es cosa fácil encontrar a tu amado; pero cuando encuentres a mi hermana mayor, ella podrá decírtelo mejor que yo. Toma esta salsera de plata y esta manzana de oro. Tal vez llegue un día en que te sea útil mi regalito.
La muchacha pasó la noche en la choza y al día siguiente reanudó la marcha siguiendo la pelota que rodaba ante ella. Iba cruzando bosques que cada vez eran más negros y espesos y las copas de los árboles tocaban el cielo. Por fin llegó a la última choza y la vieja abrió la puerta y le ofreció albergue por aquella noche. La doncella le contó de dónde venía, a dónde iba y qué buscaba.
- Es un mal negocio el tuyo, hija mía -le dijo la vieja.- Fenist, el halcón radiante, está prometido a la Zarevna del mar, y pronto se casarán. Cuando salgas del bosque y llegues a la playa, siéntate en una piedra y coge la rueca de plata y el huso de oro y ponte a hilar. La novia de Fenist, el halcón radiante se acercará a ti y querrá comprarte la rueca, pero tú no has de dársela por dinero sino por dejarte ver el plumaje florido de Fenist, el halcón radiante.
La joven prosiguió su marcha y el camino iba descendiendo poco a poco, hasta que, inesperadamente, apareció el mar a la vista de la caminante, y en lo remoto se distinguían las cúpulas de un suntuoso palacio de mármol.
- ¡Sin duda es el reino de mi amado, visto de muy lejos! -pensó la hermosa doncella. Y se sentó en una piedra, cogió la rueca de plata y el huso de oro y se puso a hilar cáñamo que se convertía en hebras de oro.
De pronto vio que se acercaba por la orilla del mar una Zarevna con muchedumbre de doncellas de compañía, guardias y servidores, y deteniéndose ante ella se quedó observando su trabajo y le entraron deseos de obtener la rueca de plata y el huso de oro.
- ¡Te lo por nada, Zarevna, si me dejas contemplar a Fenist, el halcón radiante!
La Zarevna no quería aceptar esta condición, pero al fin dijo:
- ¡Bueno, ven a contemplarlo mientras duerme después de comer y ahuyenta las moscas de su lado!
Tomó la rueca y el huso de manos de la doncella y se volvió a sus habitaciones. Después de comer embriagó a Fenist, el halcón radiante, arrojando en el vino un narcótico y cuando un sueño profundo lo abatió hizo pasar a la doncella. Esta se sentó junto a las almohadas, y llorando a mares, decía a su amado:
- ¡Despierta y levántate, Fenist, el halcón radiante! ¡Soy tu amada novia llegada de muy lejos. He gastado zapatos de hierro, he roto a pedazos un cayado de acero, he consumido riñones de piedra, y todo el tiempo he ido buscándote, amado mío!
Pero Fenist, el halcón radiante, dormía, sin saber que la hermosa doncella lloraba a su lado dirigiéndole palabras de ternura. Después entró la Zarevna y mandó salir a la hermosa doncella y despertó a Fenist, el halcón radiante.
- He dormido mucho -dijo él a su novia,- y, no obstante, me parece que alguien lloraba y se lamentaba a mi lado.
- Sin duda lo has soñado -contestó la Zarevna.- No me he movido un momento de tu lado para impedir que las moscas te molestasen.
Al día siguiente la doncella volvió a sentarse a la orilla del mar y se distraía haciendo rodar en la salsera de plata la manzana de oro. La Zarevna se acercó paseando por la playa, se detuvo a mirarla y le dijo:
- ¡Véndeme tu juguete!
- Mi juguete no es para vender. Es una herencia. Pero si me dejas contemplar otra vez a Fenist, el halcón radiante, te lo daré como regalo.
- Perfectamente. Ven esta tarde, y ahuyenta las moscas de mi prometido.
Y de nuevo hizo que Fenist, el halcón radiante, bebiese el narcótico y cuando estuvo dormido, admitió a la hermosa doncella a su lado. Y la hermosa doncella empezó a llorar sobre su amado, en cuya mejilla cayó por fin una de sus ardientes lágrimas. Entonces Fenist, el halcón radiante, despertó de su profundo sueño y exclamó:
- ¿Quién me ha quemado?
- ¡Oh, amado de mis anhelos! -dijo la hermosa doncella.- Soy yo, que he venido de muy lejos. He gastado zapatos de hierro, he roto cayados de acero, he consumidos riñones de piedra y te he buscado por todas partes, amado mío. ¡Este es el segundo día que lloro a tu lado y tú no despertabas ni contestabas mis palabras!
Sólo entonces reconoció Fenist, el halcón radiante, a su amada y experimentó una alegría inefable. La doncella le contó cuanto había sucedido, la envidia que le tenían sus hermanas, lo mucho que había andado y cómo su prometida lo había cambiado por regalos. Fenist se prendó de ella con más ardor que antes, la besó en los labios de miel y ordenó que echasen al vuelo las campanas y que se reuniesen los boyardos, los príncipes y la gente de todas las condiciones sociales en la plaza del mercado. Y él les preguntó:
- Decidme, buena gente, y contestadme conforme a vuestro buen sentido: ¿qué novia he de tomar por esposa para compartir con ella las penas de la vida, la que me vendió o la que volvió a buscarme?
Y el pueblo sentenció por unanimidad:
- ¡La que volvió a buscarte!
Y así lo hizo Fenist, el halcón radiante. Aquel mismo día se unió ante el altar en lazo matrimonial con la hermosa doncella. La boda fue magnífica y la fiesta transcurrió en continuo alborozo. Yo también me divertí, bebiendo vino y aguamiel, y las copas entrechocaban y todos se hartaron, y las barbas estaban húmedas cuando las bocas estaban secas.



FIN

La sortija encantada

Había una vez un viejo matrimonio que tenía un hijo llamado Martín. El marido enfermó murió y, aunque se había pasado toda la vida trabajando no dejó más herencia que doscientos rublos. La viuda no quería gastar este dinero. ¿Mas, qué remedio le quedaba? Como no tenían qué comer hubo de recurrir a la vasija en que guardaba el patrimonio. Contó cien rublos y mandó a su hijo a comprar pan para todo el año. Martín, el hijo de la viuda, fue a la ciudad. Al llegar al mercado le sorprendió un tumulto del que salían gritos que asordaban y, al inquirir la causa, se enteró de que los carniceros habían atado un perro a un poste y le pegaban sin misericordia. Martín se compadeció del perro y dijo a los carniceros:
- Hermanos míos, ¿por qué pegáis al perro tan desalmadamente?
- ¿Por qué no hemos de pegarle, si ha echado a perder todo un cuarto de ternera?
- ¡Pero no le peguéis más, hermanos! Mas os valdría vendérmelo.
- Cómpralo, si quieres -le replicaron los carniceros burlándose de él.- Pero no te daremos por menos de cien rublos semejante alhaja.
- Y bien, cien rublos no son más que cien rublos, después de todo.
Y Martín dio los cien rublos por el perro, que se llamaba Jurka, y se volvió a casa.
- ¿Qué has comprado? -le preguntó su madre.
- ¡Mira, he comprado a Jurka! -contestó el hijo. Su madre le armó un escándalo y lo reprendió, gritando:
- ¿No te da vergüenza? ¡Pronto no tendremos nada que llevarnos a la boca y tú has ido a tirar el dinero en un condenado perro!
Al día siguiente la mujer mandó a su hijo a la ciudad y le dijo:
- Piensa que te llevas los últimos cien rublos. Compra pan. Hoy recogeré la poca harina que queda en los rincones y aun haré alguna torta, pero mañana no tendremos nada que comer.
Martín fue a la ciudad y se paseaba por las calles curioseando cuando vio un chico que arrastraba a un gato atado por el cuello.
- ¡Espera! -le gritó Martín.- ¿Por qué arrastras a Miz?
- ¡Voy a ahogarlo!
- ¿Pues qué ha hecho?
- Es un granuja. Ha robado un ganso.
- No lo ahogues. Más te valdrá vendérmelo.
- ¡No te lo vendería por menos de cien rublos!
- Y bien, cien rublos no son más que cien rublos, después de todo. Aquí los tienes.
Y se llevó a Miz.
- ¿Qué has comprado, hijo mío?, -le preguntó su madre cuando llegó a casa.
- ¡El gato Miz!
- ¿Y qué más?
- Tal vez quede algún dinero y podremos comprar otra cosa.
- ¡Oh, santo cielo! ¡Qué necio eres! -chilló la madre.- ¡Sal ahora mismo de casa y gánate la vida!
Martín no se atrevió a replicar a su madre. Cogió a Jurka y a Miz y se marchó a la próxima aldea en busca de trabajo. Allí encontró a un rico granjero que le preguntó:
- ¿Dónde vas?
- Voy a ajustarme como jornalero.
- Ven conmigo. Yo tomo jornaleros sin contrato, pero si me sirves bien durante un año, no te arrepentirás.
Martín se avino y durante un año trabajó para el granjero sin descanso. Llegado el día del pago, el granjero condujo a Martín al pajar, le mostró dos sacos llenos y le dijo:
- Coge el que quieras.
Martín examinó los sacos. El uno estaba lleno de monedas y el otro de arena, y él pensó para sí: "Esto no está hecho sin razón alguna; sin duda es un engaño. Cogeré el de arena y no dudo que saldrá algo bueno".
Martín se cargó el saco de arena y fue en busca de trabajo a otro pueblo. Anda que andarás, anda que andarás, llegó a un bosque enmarañado y en el interior del bosque había un claro y en el claro un círculo de fuego y en el centro del círculo una doncella tan hermosa que daba gloria mirarla. Y la hermosa doncella le dijo:
- Martín, hijo de la viuda, si quieres ser feliz, sírveme; apaga el fuego con la arena que has ganado con tu trabajo.
- Y bien, ¿por qué no? -pensó Martín.- ¿Qué he de hacer con este saco que pesa tanto? Es preferible socorrer con él a una persona.
Y como lo pensó lo hizo. Desató el saco y esparció la arena por el fuego. Enseguida se extinguió la hoguera, pero la hermosa doncella se transformó en una serpiente, se enroscó a la cintura y al cuello del muchacho y le dijo:
- ¡No temas, Martín, hijo de la viuda! Ve sin miedo a la tierra de Tres Veces Diez, al mundo subterráneo que gobierna mi padre. Pero ten presente lo que te digo: él te ofrecerá plata y oro y piedras preciosas a manos llenas; tú no aceptarás nada de lo que te ofrezca, pero le pedirás la sortija que lleva en el dedo meñique. Esa sortija no es una sortija cualquiera. Si la cambias de dedo, doce jóvenes campeones se te aparecerán inmediatamente, y en una noche harán lo que les mandes
El mozo se puso a caminar y al cabo de muchos días y muchas noches llegó al país de Tres Veces Diez, y al pasar por una roca levantada en medio del camino, la serpiente saltó de su cuello y se convirtió en la hermosa doncella de antes.
- Sígueme -dijo a Martín, mostrándole un agujero debajo de la roca.
Durante mucho tiempo estuvieron andando por aquel túnel hasta que llegaron a una llanura al aire libre, y en mitad de esta llanura se levantaba un castillo de alabastro, con tejados de escamas de oro, y pináculos de oro.
- Ahí es donde vive mi padre, el Zar de esta región subterránea -dijo la hermosa doncella.
Los viajeros entraron al castillo y el Zar los recibió amablemente.
- Mi querida hija, no esperaba verte por aquí. ¿Por dónde te has estado arrastrando todo este tiempo?
- ¡Mi querido padre y luz de mis ojos: me hubiera perdido para siempre a no ser por este joven que me salvó de una muerte irremediable!
El Zar se volvió a mirar amistosamente a Martín y dijo:
- Gracias, joven. Estoy dispuesto a premiarte con lo que desees. Toma cuanto quieras de mi plata, de mi oro y de mis piedras preciosas.
- Gracias, soberano Zar, por tu generosidad; no quiero plata ni oro ni piedras preciosas, pero si quieres premiarme a medida de tu magnanimidad, te ruego que me des la sortija que luce en el dedo meñique de tu real diestra. Siempre que la mire me acordaré de ti, y si algún día encuentro la mujer que rinda mi corazón, se la regalaré.
El Zar se quitó inmediatamente la sortija y se la dio a Martín, diciendo:
- No faltaba más, buen joven. Toma mi sortija y que te aproveche. ¡Pero no digas a nadie que no es una sortija como cualquier otra, porque podría acarrearte graves perjuicios!.
Martín, el hijo de la viuda dio las gracias al Zar y tomó la sortija. Luego se volvió por donde había entrado al reino subterráneo. Llegó a su casa, consoló a su madre y vivieron los dos sin que nada les faltara. Pero, a pesar de la buena vida que se daba, Martín estaba triste. ¿Y cómo no había de estarlo si deseaba casarse y el objeto de su amor no era una muchacha de su clase sino nada menos que la hija del rey? Consultó a su madre y le rogó que hiciese de casamentero, diciéndole:
- Ve tu misma a ver al Rey y pídele para mí la mano de su hija, la sin par Princesa.
- Pero, hijo mío, ¿no sería mejor que tú mismo cuidaras de eso? ¿Cómo quieres que vaya yo a ver al rey a pedirle su hija para ti? Eso equivaldría a pedir que nos cortasen la cabeza a los dos.
- ¡No tengas miedo, madre mía! Cuando yo te mando, puedes ir tranquila. Y procura no volver sin una contestación.
La buena anciana se dirigió, sin más, al palacio real, y sin hacerse anunciar empezó a subir la regia escalera. Los guardias le impidieron el paso con las armas pero ella las apartó sin inmutarse y continuó subiendo. Luego acudieron lacayos que la cogieron suavemente del brazo con intención de echarla, pero la mujer movió tal zipizape y lanzó tales chillidos, que el mismo Rey oyó el ruido y salió a la ventana a ver qué pasaba. Y, en efecto, vio que sus lacayos trataban de hacer retroceder a una mujer que gritaba con todas sus fuerzas.
- ¡No quiero marcharme! ¡He venido a ver al Rey, porque tengo que darle un encargo que le conviene!
El Rey ordenó que dejasen pasar a la anciana, y ésta fue admitida en el suntuoso salón del trono, donde la esperaba el Rey rodeado de sus ministros. La anciana invocó a los santos y se inclinó ante el Rey.
- ¿Qué tienes que decirme, anciana? -preguntó el Rey.
- Pues, Señor, he venido a ver a su Majestad... que no ofendan mis palabras... ¡He venido a ver a su Majestad como casamentera!
- ¿Has perdido el seso, abuela? -gritó el Rey, frunciendo el ceño.
- No, padrecito, no te enojes y dame una contestación. Tú tienes la mercancía: una hijita, una belleza; yo tengo el comprador: un joven, tan listo, tan inteligente, tan entendido en todo negocio, que no podrías encontrar mejor yerno. Dime, por lo tanto, sin rodeos: ¿quieres casar a tu hija con mi hijo?
El Rey la escuchaba en silencio mientras su ceño se oscurecía como la noche, pero pensó: "¿Por qué un rey como yo se ha de encolerizar con una pobre vieja?" Y los ministros se asustaron viendo que se desfruncía el ceño del rey y que éste la miraba sonriendo.
- Si tu hijo es tan listo y entendido en toda clase de negocios que me construya en veinticuatro horas un palacio más suntuoso que el mío, y que entre su palacio y el mío cuelgue un puente de cristal, y que a lo largo del puente haya manzanos con frutos de oro y en las ramas de estos árboles canten aves del paraíso. Y a la derecha del puente de cristal erija una catedral de cinco pisos de altura, con cúpulas de oro, donde pueda ser coronado con mi hija el día que se casen. Pero si tu hijo no puede hacer esto, en castigo a vuestra presunción, haré que os unten de alquitrán y os cubran de plumas, y os colgaré enjaulados en la plaza del mercado para que la buena gente se ría de vosotros.


Y el Rey sonrió con más complacencia, mientras sus magnates y sus ministros se desternillaban de risa y elogiaban a voz en grito la sabiduría de su soberano, pensando: "¡Qué divertido será ver a la vieja y a su hijo colgados en jaulas! Y que lo veremos es tan claro como la luz del sol. Antes nos crecerá barba en la palma de la mano que ese joven realice lo que se le manda". Y la pobre madre estaba a punto de desvanecerse.
- ¡Cómo! -preguntó- ¿Esa es tu última palabra de rey? ¿Ésa es la contestación que he de dar a mi hijo?
- Sí, has de decirle esto: Si realizas ese trabajo te dará la mano de su hija; de lo contrario, nos encerrará en jaulas.
La pobre mujer llegó a casa más muerta que viva. Se tambaleaba y la ahogaba el llanto. Cuando vio a Martín empezó a gritarle desde lejos:
- ¿No te dije, hijo mío, que fueras tú mismo? ¡Ahora sí que estamos perdidos sin remedio! -Y le contó lo sucedido.
- Anímate, madre -dijo Martín.- Reza y échate a dormir, que la almohada es buena consejera.
Pero él salió de casa, cambió la sortija de dedo e inmediatamente aparecieron los doce jóvenes.
- ¿Qué quieres de nosotros?
Les dijo lo que el rey exigía de él y los jóvenes contestaron:
- Mañana estarán cumplidos tus deseos.
Al levantarse el rey al día siguiente, le sorprendió ver construido un magnífico palacio que se comunicaba con el suyo por un puente de cristal. Y a cada lado del puente crecían hermosos manzanos en cuyas ramas cantaban aves del paraíso. Y a la derecha del puente, resplandeciendo como el fuego a los rayos del sol se levantaba una catedral con sus altivas cúpulas de oro. Y las campanas de la catedral tocaban arrebatadamente llamando en todas direcciones. El rey hubo de cumplir su palabra. Elevó a su yerno a la más alta jerarquía, le dio a su hija por esposa, y celebró la boda con grandes festejos. El vino corría a torrentes y todos bebieron hasta no poder más.
Martín vivía en su palacio y comía y bebía de lo mejor, y su mujer era con él suave como la manteca; pero no lo quería de corazón y cuando pensaba que no se había casado con el hijo de un Zar o el hijo de un rey o al menos un príncipe del mar, sino con Martín, el hijo de la viuda, se sentía humillada y deprimida. Y empezó a pensar en la mejor manera de deshacerse de un marido a quien odiaba. Lo acariciaba, lo lisonjeaba, lo mimaba, y cuando estaban solos le rogaba que le descubriese el misterio de su sabiduría. Y sucedió que un día que el rey lo invitó a su mesa, después de mucho beber y divertirse con todos los cortesanos, al volver a casa se acostó a descansar y la princesa lo llenó de atenciones y caricias y lo engatusó y le hizo beber de tal manera, que logró de él lo que quería, pues Martín le habló de su sortija encantada y de la manera de servirse de ella. Y apenas Martín se durmió y se puso a roncar, la Princesa le quitó el anillo del dedo y bajó al patio, donde cambió la sortija de un dedo a otro, e inmediatamente se le aparecieron los doce jóvenes.
- ¿Qué deseas?
- Que mañana por la mañana hayan desaparecido el palacio, el jardín y la catedral y no quede en su lugar más que una humilde cabaña, adonde trasladaréis a este borracho; pero a mí me llevaréis al Imperio de Tres Veces Diez.
- Se hará como dices -contestaron los jóvenes a una voz.
Al día siguiente, cuando el Rey se levantó, quería devolver la visita a su yerno y se asomó a la galería. Pero cuál no fue su sorpresa al no ver ni palacio ni jardín ni catedral, y sólo una miserable cabaña que apenas se sostenía. El Rey mandó que fuesen en busca de su yerno y le preguntó qué significaba todo aquello, pero Martín, sin saber qué contestar, permaneció mudo y cabizbajo. Y el Rey ordenó que un tribunal juzgase a su yerno por haberlo engañado con artes de magia y haber causado la desaparición de su hija, la sin par Princesa, y condenaron a Martín a permanecer en lo alto de un estrecho torreón, sin nada que comer ni que beber, hasta que muriese de hambre.
Fue entonces cuando Jurka y Miz recordaron que Martín les había salvado la vida y tuvieron los dos una conferencia para fijar su conducta ante aquella situación. Jurka ladraba y enseñaba los colmillos dispuesto a despedazarlo todo para salvar a su amo, pero Miz maullaba y arqueaba el lomo y se pasaba las patitas por la oreja, reflexionando con más calma. Y el astuto gato llegó a una conclusión, que expuso a Jurka.
- Vamos a dar una vuelta por la ciudad y cuando veamos un panadero con una cesta de rosquillas en la cabeza, te pones delante de él para que tropiece y caiga. Yo iré detrás y cogeré las cosquillas y se las llevaré al amo.
Y dicho y hecho. Jurka y Miz dieron una vuelta por la ciudad y no tardaron en encontrar un panadero que iba gritando:
- ¡Rosquillas calentitas ¿Quién compra rosquillas?
Jurka se le puso entre las piernas, el panadero tropezó y la cesta de cosquillas cayó al suelo, y mientras el enojado panadero perseguía al perro, el gato se apoderó de todas las rosquillas y en compañía de Jurka corrió al torreón. Trepó hasta la ventana y llamó a su amo:
- Estás vivo, ¿eh?
- Estoy famélico y no tardaré en morir de hambre.
- No te apures, que enseguida podrás comer. Nosotros velamos por que nada te falte
Y empezó a subirle cosquillas, empanadas y todo lo que llevaba el panadero en la cesta. Luego le dijo:
- Amo, yo y Jurka vamos al reino de Tres Veces Diez y te traeremos la sortija encantada. Procura que te dure la comida hasta que estemos de regreso.
Jurka y Miz se despidieron de su amo y emprendieron, el camino.
Anda que anda, corre que corre, lo husmeaban todo a su paso y escuchaban lo que la gente decía.
Se hicieron amigos de todos los perros y gatos que hallaron, les preguntaron por la Princesa y supieron que no estaban lejos del reino de Tres Veces Diez a donde la habían transportado los doce jóvenes.
Llegaron al reino, se dirigieron al palacio y se hicieron amigos de todos los perros y gatos que lo habitaban, les preguntaron por las costumbres de la Princesa y sacaron a relucir en la conversación la sortija mágica; pero nadie pudo darles noticias ciertas sobre aquel objeto.
Pero un día, fue Miz a cazar a los sótanos del palacio. Vio pasar una rata gorda, se lanzó sobre ella y le clavó las uñas. Ya estaba a punto de hincarle los dientes para empezar a comérsela por la cabeza, cuando la rata le habló y dijo:
- ¡Querido gatito, no me muerdas, no me mates! Tal vez pueda hacerte algún favor. Haré lo que me mandes. Pero si me matas, a mí, que soy la reina de las ratas, todo el reino ratonil será desolado.
- Bueno -dijo Miz,- te perdono, con una condición. En este palacio vive la Princesa, la malvada mujer de nuestro amo. Ha huido robándole la sortija que obra prodigios. Mientras no me traigas la sortija no te escaparás de mis zarpas con ningún pretexto.
- Conforme -dijo la reina de las ratas- trataré de complacerte.
Silbó llamando a todo su pueblo e inmediatamente acudió una multitud de ratas y ratones, grandes y pequeños, jóvenes y viejos, que esperaron las órdenes que había de darles su reina desde las garras de Miz. Y la reina de las ratas les dijo:
- La que me traiga la sortija que obra prodigios y que está en poder de la Princesa me salvará de una muerte cruel y yo la elevaré a la más alta dignidad.
Entonces una ratita se acercó y dijo:
- Yo entro con frecuencia en el dormitorio de la Princesa y vengo observando que los ojos de la Princesa descansan más que nada en una sortija que durante el día lleva en la mano, pero que de noche se mete en la boca y duerme con ella entre los dientes y la mejilla. Si esperáis un poco, yo os traeré ese anillo.
La ratita se alejó corriendo, se introdujo en el dormitorio de la Princesa y esperó a que durmiese. Y mientras la Princesa dormía, sacó la borla de la polvera y le frotó con ella las narices. Aspiró la Princesa los polvos, que penetraron en su nariz y en su garganta y enseguida hubo de incorporarse para toser y estornudar. La sortija se le escapó así de la boca, la ratita la cogió y se la llevó corriendo, para salvar la vida de la reina.
Miz y Jurka se apresuraron a devolver a su amo la sortija prodigiosa y cuando llegaron al torreón, ya Martín estaba a punto de morir de desfallecimiento. El gato trepó inmediatamente hasta la ventana y llamó a su amo:
- ¿Estás vivo, Martín, hijo de la viuda?
- Apenas puedo con mi alma. Hoy es el tercer día que no como.
- Pues, bien, ya se te acabó el sufrir; puedes cantar victoria, porque te traemos la sortija.
Martín estaba loco de alegría, acariciaba el lomo del gato y éste se refregaba contra su amo y murmuraba sus sencillas canciones, mientras, al pie del torreón, Jurka saltaba batiendo la cola y ladrando de alegría y haciendo piruetas como un saltimbanqui.
Martín cogió el anillo y lo cambió de un dedo en otro. Inmediatamente se presentaron los doce jóvenes.
- ¿Qué deseas y qué ordenas?
- Traedme de comer y de beber hasta que no pueda más y que sobre el lecho del torreón toque una música todo el día.
Cuando la gente oyó la música en lo alto del torreón se apresuró a decir al Rey que Martín ya no estaba en su cárcel.
- Ya no debe pertenecer al mundo de los vivos -decían- y está gozando de la gloria en lo alto del torreón. Allí se canta y se baila y chocan las copas y se oye ruido de vajilla y una música tan celestial, que uno se queda escuchando con la boca abierta.
El Rey envió un mensajero al torreón y el mensajero no volvió porque se quedó escuchando la música; luego mandó a su oficial mayor y también se quedó regalándose los oídos. Fue el mismo Rey al torreón y se quedó como una estatua, encantado con la música. Pero Martín llamó a los doce jóvenes y les dijo:
- Reconstruid mi palacio como antes, echad un puente de cristal entre el del Rey y el mío y a un lado volved a erigir la catedral de cinco pisos de altura, y haced que mi infiel esposa vuelva al palacio.
Y mientras él expresaba sus deseos se iban realizando. Luego bajó del torreón, cogió a su suegro de la mano y lo condujo al dormitorio, donde la Princesa, temblando de miedo, esperaba una muerte cruel.
- Mi querido padrecito político, tu hija me ha ocasionado una gran desgracia. ¿Qué castigo merece?
- Mi querido yerno, deja que la clemencia prevalezca sobre la justicia; muévela a la enmienda con buenas palabras y vive con ella como antes.
Martín siguió el consejo de su suegro, reprendió a su mujer, afeándole su conducta y ya no se separó en toda su vida de la sortija ni de Jurka ni de Miz, ni conoció más miseria.



FIN