Vet aquí que una vegada hi havia un pastoret que tenia fred i se li estava acabant la llenya per fer foc. Tot decidit, el pastor va agafar la seva destral i va sortir cap al bosc a buscar llenya. Quan va arribar al bosc va veure un tió molt i molt gros.
-"Oh! Un tió! Faré llenya"- va exclamar el pastoret. En alçar la destral va sentir una veu que li deia: -"Ai, ai, ai, que em faràs mal! Sóc el Tió!"-
El pastor tot sorprès li va dir: -"Qui dius que ets?"- I més sorprès encara va sentir com el tió li deia: -"Sóc el Tió de Nadal."-
-"El Tió de Nadal?"- va respondre el pastor -"I què vols?"-
I el Tió li va dir: -"Vull venir a casa teva."-
El pastor es va carregar el Tió a l’espatlla i se’l va portar cap a casa. En arribar va deixar el Tió a terra i llavors aquest va tornar a parlar:
-"Tinc fred, molt fred!"- El pastoret va anar a buscar una manta i el va tapar.
-"Gràcies!"– li va dir el Tió -"Ara tinc gana, molta gana! vull menjar!"-
El pastor va anar a buscar menjar per donar-li al Tió. Li va portar el que va trobar a la cuina: galetes, pomes, mandarines, nous, castanyes... Deixant-li el menjar a terra, al davant de la seva boqueta, li va dir: -"Té Tió, menja tot el que vulguis! Bon profit!"-
-"Moltes gràcies!"- va dir el Tió.
El pastor va tornar a sortir a la muntanya, doncs havia d’anar amb els seus xais.
Durant molts dies el pastor va tenir cura del Tió, li va posar menjar cada dia i el va tenir ben tapat amb la manta perquè no agafés fred.
Un dia el Tió li va dir: -"Com t’has portat tan bé amb mi i m’has cuidat tant, demà et donaré una sorpresa!"-
El pastor se’n va anar a dormir ben content pensant en la sorpresa del Tió i de bon matí, quan es va llevar, el va anar a veure i li va dir:
-"Bon dia, Tió! Gairebé no has menjat avui"-
I el Tió li va respondre: -"Bon dia, pastoret. Es que tinc mal de panxa. Has d’anar a buscar un bastó i et donaré la sorpresa."-
El bon pastor va sortir a buscar el bastó i, de passada, va convidar els seus amics Esteve i Maria que va trobar-se pel camí. En arribar a casa tots van saludar al Tió, però ell no els va contestar, per què els tions no parlen quan hi ha més gent. Llavors es van adonar que al costat del Tió hi havia una carta escrita que deia així:
-"Heu de cantar aquesta cançó mentre em piqueu amb el bastó"-
CANÇÓ DEL TIÓ
CAGA TIÓ, CAGA TORRONS,
D’AVELLANES I PINYONS,
SI NO EN CAGUES UN BON MUNT,
GARROTADES AL DAMUNT!!!
El pastor i els seus amics van anar dient la cantarella tot picant, i en aixecar la manta..... es van trobar que el Tió els havia cagat regals i llaminadures!!!
Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
-Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, se fue donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
-Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.
El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
-Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.
-Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
-Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.
-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.
El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.
-Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
-Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
-Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
-Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.
-¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.
-¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
-Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.
El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.
MORALEJA
En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.
OTRA MORALEJA
Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.
Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.
Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra le dijo a la muchacha:
-Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha era lista, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
-Buenos días, tita.
-Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
-Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo, para que me cosa una camisa.
-Acuérdate bien -le dijo entonces la tía- de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una cancela rechinarán y se cerrarán con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.
La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite y jamón y una cinta, se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó.
Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba-Yaga sobre sus piernas huesosas, ocupada en tejer.
-Buenos días, tía.
-¿A qué vienes, sobrina?
-Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.
-Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.
Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:
-Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.
La pobre muchacha se quedó medio muerta de miedo, y cuando la bruja se marchó, dijo a la criada:
-No quemes mucha leña, querida; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo.
Baba Yaga, impaciente, se acercó a la ventana donde trabajaba la chica y le preguntó a ésta:
-¿Estás tejiendo, sobrinita?
-Sí, tita, estoy trabajando.
La bruja se alejó de la cabaña, y la muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al gato un pedazo de jamón y le preguntó cómo podría escaparse de allí. El gato le dijo:
-Sobre la mesa hay una toalla y un peine: cógelos y echa a correr lo más de prisa que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la bruja se tira al agua y lo pasa a nado, tú habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo que no está lejos de ti, tira el peine, que se transformará en un espeso bosque, a través del cual la bruja no podrá pasar.
La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas de una cancela rechinaron y se cerraron de golpe, pero la muchacha untó los goznes con aceite, y las puertas se abrieron de par en par. Más allá, un álamo blanco quiso arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.
El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:
-¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
-Sí, tía, estoy tejiendo -respondió con voz ronca el gato.
Baba-Yaga entró en la cabaña, y viendo que la chica no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
-¡Ah viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
-Llevo mucho tiempo a tu servicio -dijo el gato- y todavía no me has dado ni siquiera un huesecito, y ella me ha dado un pedazo de jamón.
Baba Yaga se enfadó con los perros, con la cancela, con el álamo y con la criada y se puso a pegar a todos.
Los perros le dijeron:
-Te hemos servido muchos años sin que tú nos hayas dado ni siquiera una corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado con pan fresco.
La cancela dijo:
-Te he servido mucho tiempo sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo, y ella me ha untado los goznes con aceite.
El álamo dijo:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas regalado ni siquiera un hilo, y ella me ha engalanado con una cinta.
La criada exclamó:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.
Baba Yaga se apresuró a sentarse en el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la muchacha. Ésta arrimó su oído al suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla, y al instante se formó un río muy ancho.
Baba-Yaga llegó a la orilla, y viendo el obstáculo que se le interponía en su camino, rechinó los dientes de rabia, volvió a su cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río: los animales bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.
Ésta arrimó otra vez su oído al suelo y oyó que Baba Yaga estaba ya muy cerca: tiró al suelo el peine y se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles para abrirse paso; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Entretanto, el comerciante volvió a casa y preguntó a su mujer.
-¿Dónde está mi hijita querida?
-Ha ido a ver a su tía -contestó la madrastra.
Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
-¿Dónde has estado? -le preguntó el padre.
-¡Oh padre mío! Mi madre me ha mandado a casa de su hermana a pedirle una aguja con hilo para coserme una camisa, y resulta que la tía es la mismísima bruja Baba Yaga, que quiso comerme.
-¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido.
Cuando el comerciante se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija.
Los dos vivieron en paz muchos años felices.
La bruja Baba Yaga es vieja, huesuda y arrugada, es un ser perverso y cruel que come personas, generalmente niños. Sus dientes le permiten romper huesos y desgarrar la carne con facilidad.
A pesar de que Baba Yaga consume diariamente grandes cantidades de carne, siempre tiene un aspecto delgado y huesudo.
Baba Yaga vuela montada en un almirez o mortero, a veces una olla, y rema el aire con una escoba plateada.
Vive en una choza que se levanta sobre dos enormes patas de pollo que le sirven para desplazarse por toda Rusia.
La valla de su choza está adornada con cráneos, en cuyo interior coloca velas.
Para entrar en la casa, Baba Yaga dice el conjuro “Casita, casita, da la espalda al bosque y voltea hacia mí”.
El interior de la choza siempre está lleno de carne y de vino. La choza es guardada por los sirvientes invisibles de Baba Yaga, los cuales aparecen como manos espectrales.
Baba Yaga también tiene a su servicio a tres caballeros uno blanco, otro rojo y un tercero negro, que controlan el día, el atardecer y la noche.
Hace
muchos años, cuando Inglaterra no era más que un puñado de reinos que
batallaban entre sí, vino al mundo Arturo, hijo del rey Uther. La madre
del niño murió al poco de nacer éste, y el padre se lo entregó al mago
Merlín con el fin de que lo educara. El mago Merlín decidió llevar al
pequeño al castillo de un noble, quien, además, tenía un hijo de corta
edad llamado Kay. Para garantizar la seguridad del príncipe Arturo,
Merlín no descubrió sus orígenes. Cada día Merlín explicaba al pequeño
Arturo todas las ciencias conocidas y, como era mago, incluso le
enseñaba algunas cosas de las ciencias del futuro y ciertas fórmulas
mágicas. Los años fueron pasando y el rey Uther murió sin que nadie le
conociera descendencia.
Los
nobles acudieron a Merlín para encontrar al monarca sucesor. Merlín
hizo aparecer sobre una roca una espada firmemente clavada a un yunque
de hierro, con una leyenda que decía: "Esta es la espada Excalibur.
Quien consiga sacarla de este yunque, será rey de Inglaterra" Los
nobles probaron fortuna pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no
consiguieron mover la espada ni un milímetro. Arturo y Kay, que eran ya
dos apuestos muchachos, habían ido a la ciudad para asistir a un torneo
en el que Kay pensaba participar. Cuando
ya se aproximaba la hora, Arturo se dio cuenta de que había olvidado la
espada de Kay en la posada. Salió corriendo a toda velocidad, pero
cuando llegó allí, la puerta estaba cerrada. Arturo no sabía qué hacer.
Sin espada, Kay no podría participar en el torneo. En su desesperación,
miró alrededor y descubrió la espada Excalibur.
Acercándose
a la roca, tiró del arma. En ese momento un rayo de luz blanca
descendió sobre él y Arturo extrajo la espada sin encontrar la menor
resistencia. Corrió hasta Kay y se la ofreció. Kay se extrañó al ver
que no era su espada. Arturo le explicó lo ocurrido. Kay vio la
inscripción de "Excalibur" en la espada y se lo hizo saber a su padre.
Éste ordenó a Arturo que la volviera a colocar en su lugar. Todos los
nobles intentaron sacarla de nuevo, pero ninguno lo consiguió. Entonces
Arturo tomó la empuñadura entre sus manos. Sobre su cabeza volvió a
descender un rayo de luz blanca y Arturo extrajo la espada sin el menor
esfuerzo. Todos admitieron que aquel muchachito sin ningún título
conocido debía llevar la corona de Inglaterra, y desfilaron ante su
trono, jurándole fidelidad. Merlín, pensando que Arturo ya no le
necesitaba, se retiró a su morada. Pero no había transcurrido mucho
tiempo cuando algunos nobles se alzaron en armas contra el rey Arturo.
Merlín
proclamó que Arturo era hijo del rey Uther, por lo que era rey
legítimo. Pero los nobles siguieron en guerra hasta que, al fin, fueron
derrotados gracias al valor de Arturo, ayudado por la magia de Merlín.
Para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse, Arturo creó la Tabla
Redonda, que estaba formada por todos los nobles leales al reino. Luego
se casó con la princesa Ginebra, a lo que siguieron años de prosperidad
y felicidad tanto para Inglaterra como para Arturo. "Ya puedes seguir
reinando sin necesidad de mis consejos -le dijo Merlín a Arturo-.
Continúa siendo un rey justo y el futuro hablará de tí.
En las
afueras de la ciudad de Londres, vivían tres hermanos: Wendy, Juan, y
Miguel. A Wendy, la mayor, le encantaba contar historias a sus
hermanitos. Y casi siempre eran sobre las aventuras de Peter Pan, un
amigo que de vez en cuando la visitaba.
Una
noche, cuando estaban a punto de acostarse, una preciosa lucecita
entró en la habitación. Y dando saltos de alegría, los niños gritaron:
- ¡¡Es Peter Pan y Campanilla!! Después de los saludos, Campanilla echó polvos mágicos en los tres hermanos y ellos empezaron a volar
mientras Peter Pan les decía: - ¡Nos vamos al País de Nunca Jamás! Los
cinco niños volaron, volaron, como las cometas por el cielo. Y cuando
se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló: - Allí
está el barco del temible Capitán Garfio. Y dijo a Campanilla: - Por favor, Campanilla, lleva a mis amiguitos a un sitio mas abrigado, mientras yo me libro de este pirata pesado. Pero
Campanilla se sentía celosa de las atenciones que Peter tenía para con
Wendy. Así que llevó a los niños a la isla y mintió a los Niños
Perdidos que Wendy era mala.
Creyendo los niños las palabras del hada, ellos empezaron a decir cosas desagradables a
la niña. Menos mal que Peter llegó a tiempo para regañarles. Y les preguntó: - ¿Porque tratan mal a mi amiga Wendy? Y ellos contestaron - Es que Campanilla nos dijo que ella era mala. Peter
Pan se quedó muy enfadado con Campanilla y le pidió explicaciones.
Campanilla, colorada y arrepentida, pidió perdón a Peter y a sus amigos
por lo que hizo. Pero la aventura en el País de Nunca Jamás solo
acababa de empezar.
Peter llevó a sus amiguitos a que visitaran la aldea de los indios Sioux. Allí, encontraron al gran jefe muy triste y preocupado. Y después de que Peter Pan le preguntara sobre lo sucedido, el gran jefe le dijo: - Estoy muy triste porque mí hija Lili salió de casa por la mañana y hasta ahora no la hemos encontrado. Cómo Peter era el que cuidaba de todos en la isla, se comprometió con el Gran Jefe de encontrar a Lili. Con Wendy, Peter Pan buscó a la india por toda la isla hasta que la encontró prisionera del Capitán Garfio, en la playa de las sirenas. Lili estaba amarrada a una roca, mientras Garfio le amenazaba con dejarla allí hasta que la marea subiera, si no le contaba donde estaba la casa de Peter Pan. La pequeña india, muy valiente, le contestaba que no iba a decírselo. Lo que ponía furioso al Capitán. Y cuando parecía que nada podía salvarla, de repente oyeron una voz:
-
¡Eh, Capitán Garfio, eres un bacalao, un cobarde! ¡A ver si te atreves
conmigo! Era Peter pan, que venía a rescatar a la hija del Gran jefe
indio. Después de liberar a Lili de las cuerdas, Peter empezó a luchar
contra Garfio. De pronto, el Capitán empezó a oír el tic-tac que tanto
le horrorizaba. Era el cocodrilo que se acercaba dejando a Garfio
nervioso. Temblaba tanto que acabó cayéndose al mar. Y jamás se supo
nada más del Capitán Garfio. Peter
devolvió a Lili a su aldea
y el padre de la niña, muy contento, no sabía cómo darle las gracias a
Peter Pan se le ocurrío preparar una gran fiesta para el y todos sus
amiguitos, quiénes
bailaron y se lo pasaron muy bien. Pero como ya era tarde y los niños tenían
que volver a su casa para dormir. Peter Pan y Campanilla los acompañaron
en el viaje de vuelta.
Y al despedirse, Peter les dijo: -
Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra
imaginación. Volveré para llevaros a una nueva aventura. ¡Adiós amigos! - ¡Hasta luego Peter Pan! gritaron los niños mientras se metían debajo de la mantita porque hacía muchísimo frío.